23
AUG
2017

Hay que tomar nota… de un desaire

1. La palabra en el aire. El frío invierno de Lima heló la tarde de las expectativas referente a la huelga magisterial: los dirigentes que habían negociado su pliego y habían logrado puntos importantes, comunicaron que no lo firmarían, pues querían que no hubiera despidos a consecuencia de la evaluación docente. La evaluación desde que se planteó fue cuestionada, pues se partía de un concepto que se utiliza en el proceso educativo escolar. Fue necesario esclarecer de qué tipo de evaluación se trataba. Se elaboró un proceso evaluativo sobre el desempeño docente, a pedido de los mismos docentes. ¿Qué hacer con aquellos que no aprobaban? Se dieron tres oportunidades. Se diseñaron capacitaciones antes de cada evaluación. Si el docente desaprobaba después de haber sido evaluado en tres años consecutivos, se consignó en la ley que debería ser separado de la profesión docente. La propuesta de hoy a pedido de los docentes, llevó a crear la denominación de evaluación no punitiva, que quiere decir sin despido. Es decir en definitiva pedían que ese docente reprobado en tres oportunidades debe ser mantenido por el Estado, desempeñando otra función.
Desde un enfoque pedagógico, la evaluación del desempeño docente es buena, como lo han demostrado en la etapa de formación las prácticas de clase, que fueron perfilando al educador, no para profundizar en materia de especialización, sino en la forma cómo se preparan las unidades de aprendizaje y su desarrollo, amén de otros mecanismos de gestión. En la tradición de la práctica de los futuros docentes la evaluación ha sido central no para obtener una nota en azul o llamar la atención de una nota en rojo, sino para señalar las carencias metodológicas, técnicas, así como las líneas a reforzar y desarrollar a futuro.. Si esto ocurre en la etapa de formación, en el desempeño profesional ocurre algo semejante, pero desarrollado desde un plano superior, como lo hacen los médicos en sus círculos de mejoramiento, otras profesiones en sus clínicas entre pares, para mejorar su destreza y la manera cómo despiertan en los alumnos el aprendizaje, mediante una mejor enseñanza. Un docente que ha pasado por esta experiencia en su formación no puede estar “temiendo” a ser evaluado. ¿Alguien les ha explicado pacientemente a los docentes en qué consistiría esta evaluación profesional? ¿Los instrumentos preparados los han proporcionado y han sido analizados por los docentes? Este tipo de exigencia garantiza una mejor preparación y una formalidad profesional en el desempeño en el aula. Asimismo redundará en una mejor categorización en su carrera docente. En esto consiste la meritocracia de la que tanto se habla, pero nadie la explica.
Las palabras de desilusión de unos congresistas que anunciaban a los periodistas y a la comunidad la negación de la firma de los preacuerdos, borraron las inculpaciones políticas de quienes lideran la huelga. Sin duda el esfuerzo desplegado ha sido inmenso, pero los frutos, a pesar de compromisos, se vieron truncos, dando pie a especulaciones diversas acompañadas de análisis y del pase en directo del discurso de quien comanda el llamado Comité de Lucha de las Bases del SUTEP. Todas palabras al viento y amenazas de una huelga nacional. Ni una palabra de autocrítica. ¿Por qué no? ¿Nadie se atreve?
2. Un tema ausente. Causa extrañeza que en medio de los planteamientos de los maestros, nadie haya sustentado y fundamentado sus demandas, centradas en la denuncia del modelo económico que viene mostrando sus deficiencias, cuando de políticas sociales se trata y de manera especial en educación. Se vive embelesado con el discurso de la “calidad de la educación” y todos los docentes repiten que están en la ruta de la calidad educativa. Por eso deben capacitarse en tal o cual diplomado, estudiar una maestría o doctorado. Con ello refuerzan su formación profesional. De acuerdo. ¿Alguien se ha cuestionado o recuerda cuándo nos “vendieron” el discurso de la calidad y en qué consiste?
Al gobierno y al docente los bancos y agencias extranjeras prácticamente les impusieron el discurso de que una buena educación, aquella que tuvimos y en la que fuimos formados, debería ser de calidad. Pero no explicaron en qué consistía. ¿Acaso la buena educación impartida no era de calidad? ¿Qué valor agregado le proporcionaba esta palabrita “mágica”? Nadie se lo preguntó a los “vendedores del producto” y menos los usuarios se preocuparon por investigar. Los usuarios nacionales incluidos los docentes, se compraron la idea (impuesta por una norma) y empezaron a poner en sus discursos la fundamentación de que la educación tenía que ser de calidad. Como dice la propaganda de los productos en el mercado: ¿Así de fácil! Y todos bailan la ronda de la calidad. Los docentes peruanos desde hace décadas acatan y siguen las normas y directivas porque ellas conducen a la calidad de la educación. ¿Y cómo se sabe que es de calidad? Unos la evalúan y la califican por la infraestructura (acuérdense de las inversiones realizadas en este rubro en aras de la calidad educativa); otros por el equipamiento tecnológico (recuerden las ofertas de internet en cada escuela y los laboratorios y capacitaciones a docentes); otros por el rendimiento de los alumnos al haberse “mejorado” el aprendizaje (distintas y variadas pruebas que se aplican a los alumnos, que despiertan el reconocimiento de la comunidad y del país); de las actividades de capacitación docente en aras de mejorar la calidad de la educación (acuérdense de las actividades, las rutas y demás apoyos). Pero como todo ha sido planificado por “expertos” en todo menos en educación y formación docente, se olvidaron que para un buen aprendizaje se necesita saber desarrollar procesos. En esta propuesta viene la evaluación. Se cree que a más evaluación mejores rendimientos y aprendizajes. Y eso es válido para los alumnos y también para los docentes. Pero la diferencia se establece en que los alumnos desarrollan procesos de aprendizaje y se evalúa para saber su progreso o las dificultades que tienen y en el otro es para ver su desempeño pues un docente ya está preparado y lo que requiere es detectar carencias, suplir deficiencias, desterrar deformaciones profesionales, para un mejor ejercicio de la profesión docente en el aula.
En el pliego de preacuerdos no encontramos una línea ni reflexión sobre el modelo económico que se aplica en el país que causa estos desajustes y dilemas con falacias que el mercado nos vende para ser mejores o más competitivos y emprendedores. ¿Por qué? Otra forma de domesticación se ha adoptado que no permite ver el bosque del mercado que vende, manipula y transforma a la persona en mercancía. Discursos de mitos y tabúes que nos hacen perder la perspectiva de lo que es una buena educación. ¿Qué pasó con filosofía educativa que nos permite avizorar un país diferente centrado en la persona y en los valores democráticos, equitativos y solidarios? ¿Por qué la mirada en el instrumento y no en la esencia? ¿En lo accesorio y no en lo principal? Esto es grave en un educador.
3. En perspectiva. Desilusiones y reafirmaciones. Una comunidad educativa desconcertada que mira cómo les fallan quienes son depositarios de su confianza -pues les entregan a sus hijos para que los eduquen e instruyan-. Si antes los acompañaban en sus justas protestas, hoy hastiados de tanta tensión reclaman un derecho: la educación de sus hijos. El Estado ha puesto lo suyo en lo económico, y defiende lo que considera central en la dignificación del docente: su calificación para un mejor desempeño profesional. ¿Por qué no aceptar y seguir debatiendo para que la evaluación sea objetiva, formativa y permita cada vez mejorar el desempeño profesional del maestro? La evaluación es un proceso perfectible y en educación debería tener un enfoque pedagógico. Walter Peñaloza decía que es central la evaluación dentro del proceso educativo y más en la formación del profesional docente que requiere de manera permanente actualizarse, para mejorar su desempeño. Renunciar a ella simplemente es quitarle un elemento sin el cual no se podrá apreciar cómo se desarrolla el proceso de enseñanza – aprendizaje; qué debería afinar más el docente; identificar sus límites y recibir un refuerzo. Todos los profesionales evalúan su desempeño para ser mejores. ¿Por qué renunciar a ello?
La consigna debería ser seguir construyéndose y hacer partícipe al docente del proceso de desarrollo de la política educativa intercultural para un país diverso. Sobre ello pocas voces se han escuchado. De otro lado, nadie denuncia que somos tributarios de un mecanismo del mercado, adecuado a la educación y al tratamiento del docente, al que quiere reemplazársele por cualquier otro profesional para desempeñar la profesión y relegarlo, de acuerdo a una concepción del siglo XVII. El maestro es el que desempeña el oficio de enseñar a leer y escribir. ¿No es eso limitante y denigrante? ¿Se quiere regresar a esa concepción luego de haber luchado por construir una profesión digna y darle el nivel que merece? ¿Por qué entonces se conforman con la concepción de formación y desarrollo docente reducida a una capacitación concebida en términos de competencia para llenar un plan de aprendizaje, controles de comportamientos y técnicas de evaluación escolar?
El mercado es ladino y quien acepta sus reglas de juego tarde o temprano será esquilmado reduciendo la función docente al manejo de la tecnología y circunscribiéndolo a las capacidades adquiridas directamente en un puesto de trabajo, supervisado. Todo esto ya está pensado y planificado no para la educación sino para la producción, y no requiere capacitación, estudio permanente, sino práctica y puestos de trabajo sin estabilidad. En suma una regulación que lleva al cumplimiento de indicadores, al alcance de resultados, por los que será evaluado. Hacia eso se dirige el magisterio guiado por la ceguera de ver fantasmas en algo que es esencia en el proceso de formación de un profesional: la evaluación del desempeño en el aula. Si esto prosigue se está cayendo en el juego que al mercado favorece, al igual que al Estado. Bienestar y dignificación, reconocimiento y revaloración quedarán en el olvido por obra y gracia de quienes no supieron ver más allá de acciones sin norte y sin contenido, más allá de las remuneraciones. Las oportunidades no se presentan siempre. Como lo dice el mercado: lo tomas o lo dejas. No hay que seguir desairando a una parte importante de la comunidad educativa. La demanda es justa, el compromiso es serio.