Afirmar la democracia desde la escuela

Por: Luis Miguel Saravia C.

1. Alarma infundada. Ocurre en nuestro país cada cierto tiempo que cuando algún dirigente de Sendero Luminoso cumple su pena de reclusión y está por salir en libertad, suenan las alarmas y resurgen las voces de quienes, teniendo el poder, hicieron poco por esclarecer y deslindar con lo que fue el peligro para el Estado y su democracia. Se rasgan las vestiduras desde el rey hasta el paje denunciando que los que saldrán en libertad son un peligro. Y causan resistencias, indignación y denuncias contra un poder judicial que está cumpliendo con la ley.

Vivimos en un país con una democracia de forma pero no de fondo. Nos arropamos en ella cuando estamos en peligro, pero no la fortalecemos desde las raíces de nuestra identidad nacional. Con el escándalo y especulación lo único que se exacerba es el miedo.

El ex ministro del interior Fernando Rospigliosi ha expresado

“No existe posibilidad de un rebrote terrorista… No, no implica ningún peligro porque no existe ninguna posibilidad de un rebrote terrorista, como algunos opinan. Las condiciones que había en los años 70 para que un grupo como Sendero Luminoso iniciara acciones terroristas ya no existen hoy en día… Desde el punto de vista legal, no había otra alternativa, porque han cumplido su sentencia como corresponde. Hay otros procesos que están en curso. No se puede objetar nada. Pero desde el punto de vista de la justicia, me parece que es distinto.” (Publimetro, 23.04.18).

¿Alguien “rebotó” esta nota? Casi nadie. Y a otra cosa. Indiferencia casi total de los de siempre.

Lo apreciado en estos días pareciera que puso en escena aquello de “ojo por ojo y diente por diente”. Una apreciación de estos hechos la podemos leer en un artículo de Marco Sifuentes

“Invoque los indultos de la época pos-Fujimori (no se equivoque, eso significa Paniagua y Toledo; de los indultos de Alan, sí, de ESOS indultos, nada). Ya sabemos que esto no se trata de indultos, que los que están saliendo a la calle son gente no indultada, sino que ha cumplido su condena. No importa. Tampoco importa que haya sido precisamente Fujimori quien indultó más condenados por terrorismo que todos los gobiernos posteriores juntos. Ssshhh. Eso no se dice. Menos aún insinúe siquiera que los indultos del fujimorismo fueron correctos, que era gente injustamente en prisión, como comprobó el padre Lanssiers. Eso jamás. Eso sería cuestionar el desastroso sistema de juicios sumarios de los 90 y que es, precisamente, el origen de todas las victorias judiciales que ha obtenido el terrorismo desde que, en el 2000, el Perú regresó al orden legal internacional. Ya sabe: de todo eso, NADA.”

Algo que sí nos debe preocupar es el asesinato de Olivia Arévalo, líder shipibo-konibo, que pasó desapercibido, hasta que se esclarecieron por mano propia los hechos. ¿Cuántos medios dedicaron un titular al caso? ¿Quién ha salido en defensa de los pueblos originarios?

2. Desde la educación. ¿Cuál debe ser la actitud del docente ante estos hechos que no pasan desapercibidos para los educandos de Lima y regiones del Perú? ¿Evadirlos con cualquier pretexto, o analizarlos y esclarecerlos? Ahí se presenta el dilema: si calla el docente es cómplice y promotor de la ideología de los terroristas de SL.; si esclarece, puede ser denunciado por hacer “apología al terrorismo”. Han pasado más de 25 años que SL fue derrotado.

Conocer la historia, nuestra historia reciente, es deber de todo educando, de todo ciudadano. ¿A quién le corresponde hacer el esclarecimiento de esta falsa información que se difunde y nadie sale a combatirla? ¿La escuela? ¿La familia? ¿Los partidos políticos? Todos en su respectivo nivel y dimensión.

La escuela es el primer espacio de actuación pública del niño. Ésta debe ser generadora de motivaciones, de conocimientos, de aprendizajes, de discernimiento. Asistir a la escuela es el primer paso de la formación ciudadana, donde se aprende derechos, deberes, respeto al otro, convivencia, elementos fundamentales para construir la democracia, desde la realidad y no desde la palabra. Con estos elementos y prácticas se van formando conceptos y hábitos democráticos, la mentalidad democrática, que permitirán sentir y actuar democráticamente con los compañeros de aula, con los demás compañeros de la escuela, con la familia, con los vecinos del barrio.

La riqueza emocional y conceptual que desarrolla la escuela mediante mensajes, conocimientos, y aprendizajes producidos por la mentalidad democrática, son la base para el desarrollo de otras maneras y formas de desarrollarse personalmente. Aquí el docente bien formado e informado tiene la obligación profesional y moral de explicar hechos que suceden en la sociedad y responder con la verdad de lo que ocurre. ¿Quién respalda esa objetividad, esa verdad, si no es el Estado a través de las autoridades respectivas?

3. La escuela y sus retos. En un estado de derecho como el que vivimos es necesario reconocer y reafirmar el rol de la escuela como primera institución de la sociedad donde el niño aprende a desempeñarse de manera autónoma como individuo que forma parte de una sociedad. La vida escolar a través del tiempo va sembrando formas y maneras de informarse mediante la lectura de diarios, mediante la escucha por medios tecnológicos, de lo que va sucediendo en la sociedad, en el país, en la región, en la localidad. En todo este tiempo se va desarrollando el aprendizaje, nutriendo el conocimiento y estableciendo juicios de valor mediante la práctica del discernimiento, para saber distinguir aquello que enriquece a la persona de lo que la destruye. En la escuela se da la formación para la vida, mediante la formación de los sentidos. Por ello es importante valorar las experiencias de aprendizaje, las rutinas, las relaciones interpersonales. Una escuela que no se enriquezca de la vida de sus alumnos, que no se nutra de la sociedad y sus ciudadanos no permitirá una mejor formación democrática.

¿Cómo hacer ello? Propiciando el desarrollo del pensamiento crítico, y no solo el aprendizaje; la interpretación de los textos y no solo la lectura; el debate y la valoración de la realidad. La formación ciudadana es un proceso ligado a la pedagogía, de un lado como ciencia fundante de la educación y de otro desde la educación como proceso social. En este sentido debe definirse en qué formar y la manera de hacer la adquisición de conocimientos, apropiarse de ellos, y desarrollar habilidades que hagan posible su práctica y respondan para qué se hace. (Álvarez de Sayas, 1998. La Habana, Pedagogía como ciencia o epistemología de la educación. Editorial Féliz Varela. Cuba). La democracia demanda a la educación formar ciudadanos capaces de vivir su ciudadanía, cumplidores de sus deberes y en ejercicio de sus derechos.

La democracia precisa de ciudadanos “democráticos”, activos, sociales, políticos, críticos y participativos, dispuestos a subvertir el orden -en el buen sentido de la palabra-, con capacidad para transformar la realidad cotidiana. La formación de ciudadanos con capacidad de hacer realidad utopías, exige un sistema educativo que las haga posible como imagen objetivo en la realidad y no como una esperanza. Todo ello se lograría mediante el desarrollo de competencias fortaleciendo el proyecto político democrático. Es decir el todo planteado desde un proyecto educativo nacional en concordancia con lo que urge en el país. La formación ciudadana dirigida al fortalecimiento de la democracia. En este contexto nada de lo que suceda en su entorno, sociedad, barrio, vecindario, le puede ser ajeno al educando. Debe saber inquirir por los hechos, debe saber discernir frente a disyuntivas presentadas y no seguir la corriente de opiniones que colisionan con derechos, deberes y principios.

El momento requiere que la escuela retome su rol de liderazgo cívico de formación ciudadana, no por la norma, sino por el desempeño como institución y de sus docentes. Para eso debería hacerse que confluyan nuevamente en ella la dimensión educativa, instructiva y desarrolladora que interpreta dialécticamente modelos pedagógicos. En este proceso se debería otorgar valor a los aciertos, reconociéndolos y diseñando nuevos componentes que involucren a la escuela con la vida. Recurrir al desarrollo de una educación basada en problemas, que permita al docente relacionar su proceso de enseñanza con la investigación, según el requerimiento de la sociedad del conocimiento. En este marco la formación volverá a asumirse como categoría orientada por la pedagogía, con fundamento en bases teóricas que deben ser explícitas desde el orden filosófico (concepción de ser humano), el sociológico (relación con el entorno) y el psicopedagógico (proceso de la educación) para que, en conjunto, dirijan la enseñanza y el aprendizaje. (Díaz & Quiroz, 2001 Corrientes pedagógicas, modelos pedagógicos y enfoques curriculares. Relación sistémica entre ellos. En: Revista Avanzada. Medellín, No. 10, p. 120-121.).

Afirmar la democracia desde la escuela, es un trabajo profesional, pedagógico y no sólo político. Eso demanda contar con docentes altamente formados y actualizados, no sólo en la especialidad sino en la interpretación de la realidad, sin presiones ni temores anacrónicos. Pensando siempre en la prospectiva, que es la previsión de eventos futuros desde el presente y no recordando y anatematizando sucesos que los poderes del Estado deben hacerlo, por ser su función y objetivo. No podemos seguir ahogándonos en problemas ni lamentos. La democracia exige una formación ciudadana plena y no tutelada. (30.04.18)

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