Date:November 28, 2017

Autoestima, fútbol e identidad nacional

Por Raúl Haya de la Torre
Vicepresidente de Foro Educativo

A muchos ha sorprendido el tremendo fervor y entusiasmo con que todo el país se movilizó para identificarse y apoyar, con gran ilusión, a la selección nacional de fútbol. Se creyó posible clasificar al mundial. Y así fue. Lo importante es ver que toda esa emoción que se expresa a través de él, no proviene sólo de dicho deporte, pues se trata de un importante proceso que es mucho más que fútbol. Hay que empezar por entender que, desde hace no más de un par de décadas, estamos viviendo en el país un profundo proceso de cambio mental. Ya es tiempo que reparemos y analicemos con mucho detenimiento este interesante, valioso y complejo fenómeno. En pocas palabras, la mentalidad tradicional del peruano está cambiando radicalmente, estimulados porque estamos dejando de ser y sentirnos los eternos perdedores. Expliquémonos mejor.

Euforia y celebración / Foto: Dream Team UK

Aunque duela decirlo, nuestra historia está marcada por fuertes experiencias de fracaso y derrota, siempre nos habíamos sentido vencidos, nunca ganadores. Es así que la conciencia histórica del país se inicia con la derrota y destrucción del magnífico imperio inca ante los invasores hispanos, quienes sedientos de riquezas, expoliaron a los vencidos por casi trescientos años, dejando una profunda huella en la memoria colectiva del “peruano oprimido”. En ese lapso fracasan todos los múltiples intentos de rebelión emancipadora. Luego, la independencia se inaugura con diversos enfrentamientos entre caudillos militares que luchan por el poder, con más ambición que patriotismo, luego los civiles no lo hicieron mejor, fracasándose en el intento de diseñar y desarrollar un proyecto nacional. Desde allí, hasta la mayor parte del siglo XX, no se pudo consolidar el siempre proclamado y casi nunca respetado régimen democrático y menos aún una identidad nacional. Es que nacimos enfermos.

Muy joven aún, la república tuvo que enfrentar la trágica guerra con Chile, que con la derrota, la “ocupación” de nuestra capital por más de dos años, la destrucción de diversos recursos productivos y la cesión de Tarapacá, entre otros, generó, junto con una gran postración, el mayor trauma nacional, que nos hiere tan fuertemente que, pasados 138 años, aún no logramos superarlo. El fútbol expresa bien el sentir nacional al respecto, por eso dolió especialmente fuerte cuando Chile nos eliminó del mundial en 1974, y por eso también es que nos regocijamos también de modo especial, casi con sabor a reivindicación, con su eliminación de ahora, quedando felices por clasificarnos al ganarles por la diferencia de goles.

Vemos pues que durante buena parte de nuestra vida republicana, se fueron develando diversas miserias, generando y acentuando nuestros traumas colectivos. Pero, como ya hemos dicho, lo más interesante de los tiempos actuales es que esa amargada y traumatizada conciencia histórica, marcada por una sucesión de hechos funestos, ha empezado a cambiar, para dejar de ser derrotista y deprimida y empezar a curar nuestra escarnecida memoria colectiva con una especie de sicoterapia popular. Nuestra autoestima colectiva, siempre venida a menos, ha empezado a crecer notablemente, en un contexto donde empezamos a develar diversas virtudes y riquezas que nos generan legítimo orgullo. Nos vamos curando.

El “sí se puede” como grito de esperanza / Foto: Diario Correo

Quizá la frase que mejor ejemplifica este proceso es el grito rebelde y orgulloso del “¡Sí se puede!” y de eso recién nos estamos convenciendo, después de pasar toda nuestra vida republicana, es decir cerca de doscientos años, arrastrando aún “ominosas cadenas”, pensando y sintiendo que “no se podía”. Es importante recalcar que ese cambio no sólo lo motiva el futbol, sino muchos otros sucesos como la revaloración de nuestra comida y muchos otros valores nacionales, junto con otros gestos igualmente valiosos que alimentan nuestro orgullo nacional, como el descubrimiento y puesta en valor de maravillas arqueológicas como las provenientes de la cultura moche, con la Huaca de la Luna y la magnificencia del Señor de Sipán entre otros, y hasta la belleza de los textiles de la Cultura Chancay que aún no acabamos de apreciarlos como se merecen, y nuestros inmensos recursos turísticos, muchos de ellos aún por aprovechar. Por no destacar lo que significa Juan Diego Flores a nivel de la lírica internacional, entre otros valores nacionales. Es decir, lo nuestro nos está empezando a enorgullecer, aumentando la autoestima como nunca antes. Hasta ahora, en todo orden de cosas, siempre se prefirió y tuvo en mayor estima lo extranjero. Eso está cambiando. Merecido castigo para los cientos de compatriotas que cuentan que, desdeñando lo nuestro, prefirieron comprarse un lindo blue jean en Estados Unidos, para luego darse cuenta que decía “made in Perú”, esperemos que cada vez sean menos.

Otro gesto interesante se ve en la revaloración de la bandera nacional, ¿Se acuerdan que sólo se la sacaba para fiestas patrias y bajo amenaza de multa para el que no lo hacía?. Pues ahora la gente la saca espontáneamente y con fervor. Siempre he pensado en el contraste con los norteamericanos, donde sienten un claro orgullo por su bandera, que los lleva a exhibirla no sólo en las casas sino en donde se pueda; así se la ve en la ropa: polos, shorts, en los bikinis, en toallas playeras, en el corte de pelo -acá también se veía la bandera norteamericana, pero nunca la nacional, en esos gestos espontáneos de patriotismo-, etc. Ese lucimiento de la bandera, junto con la marca Perú, nunca antes pasó en nuestro país y ha empezado a ocurrir.

La Feria Gastronómica Internacional Mistura es todo un impresionante e inédito fenómeno de culto a lo nuestro, desde su primera edición el 2008; cuenta con una asistencia que aumenta año a año de manera astronómica, de los 23 mil asistentes del primer encuentro se estaría pasando a cerca del medio millón en este año con su décima edición, atrae pues multitudes. Aún me impresiona ver las largas colas que se forman para comer lo que –en muchos casos- siempre han comido, más algunas variantes. Algo nunca visto antes. También sorprende ver cómo se admira y quiere a nuestros reconocidos chefs, casi igual que a los cracks del fútbol. ¿Acaso no hemos tenido siempre esa comida tan rica?, sí pero recién entendemos que ¡sí se puede!, en este caso, sí podemos competir con las mejores comidas y los mejores restaurantes del mundo y salir airosos al comprobar que estamos a su altura y podemos ganarles.

El automovilismo también ha hecho lo suyo. Estamos felices porque desde hace varios años, valorizando nuestra geografía y nuestros recursos turísticos, Perú fue incluido en el Rally Dakar, la primera vez fue el 2012, repitiéndose al año siguiente, y pudimos tener una competencia que nunca pensamos verla en nuestro suelo.

Foto: La Blanquirroja Oficial

Hay muchas otras muestras de ese cambio, que no podemos llegar a detallar. Más bien ocupemos las últimas líneas para corroborar que no nos ha detenido la barbarie ni la corrupción fujimontesinista, como tampoco nos podrán detener los Lava jato ni los Odebrecht. Ahora, a pesar de la crisis moral que repercute en una profunda crisis de liderazgo político, que ha arrastrado a la mayor parte de los principales líderes nacionales y, a pesar de la crisis de instituciones como el Parlamento y el Poder Judicial, creemos que lo peruano, el orgullo nacional y la autoestima, seguirán creciendo y fortaleciéndose, en una suerte de proceso irreversible.

Finalmente, hay que subrayar que se trata de un proceso generado desde las bases, por el sentimiento popular en efervescencia, dejando a las élites embriagarse y emocionarse con sus sospechosos enriquecimientos, provocando la condena y vergüenza nacional. Mientras que, simultáneamente, el patriotismo y el orgullo nacional marchan por otro lado, junto con nuestros goles y los triunfos en muchos ámbitos y…. empezando a curarnos.