Educación en valores: torre de marfil en educación

Por: Luis Miguel Saravia

1. El discurso y la realidad. De rey a paje en el país se arropa en frases hechas según la circunstancia. Hace tiempo que se proclama ante cualquier tema o problema educativo (bullying, discriminación, racismo, y otros) que debería profundizarse en la educación en valores, para formar ciudadanos observantes de comportamientos que respetan las normas dadas por el Estado. El repertorio de leyes, normas, directivas, declaraciones y demás en torno a los valores, es abundan te, pero falta especificar de qué se trata. Si esto ocurre desde las cátedras, púlpitos, aulas de clase, asambleas de trabajadores, parlamentos ¿cómo se espera que las instituciones y el pueblo las observe?

Los valores son principios, que orientan nuestro comportamiento como personas. Los valores ayudan a decidir, preferir, elegir unas cosas en lugar de otras. Son un tipo de comportamiento que comprende el respeto al otro. Honestidad, equidad, tolerancia, amor, justicia, libertad, consideración y otros. Los valores son importantes para una convivencia social armoniosa, basada en criterios comunes para desarrollar la vida en sociedad. Los valores ayudan a ser mejores personas, y permiten la construcción de una mejor sociedad. Este es el discurso.

Imagen: Tarjetas educativas

Sin embargo en nuestra realidad para algunos los valores son normas de conducta y actitudes de acuerdo a las cuales nos comportamos en la sociedad y en la familia. Los valores generan un tipo de comportamiento que la sociedad impone para convivir correctamente, de forma educada.

Una sociedad que impone valores es autoritaria. Un estado que habla de valores y no crea el ambiente propicio para el desarrollo de la persona, sino que coacta su libertad, se queda en el discurso, en la palabra hueca. Instrumentaliza y manipula de manera autoritaria a la persona.

Hablar de valores en nuestra sociedad tiene que ver mucho con nuestra cultura (y más si somos un país intercultural), nuestra familias, las personas, las instituciones. En todo este espectro social deberíamos saber distinguir diferentes tipos de valores que están en juego y se promueven con mayor o menor intensidad: a) los que se fomentan en la familia. Estos valores deberían ser transmitidos con paciencia, con cariño, para cimentar una buena base en la que se fundamenten experiencias, actitudes, conductas; b) los valores socioculturales, aquellos se dan en la sociedad. Estos valores cambian a lo largo de la historia y permiten que se eduque a los hijos en la tolerancia, el respeto, la no violencia, la consideración al otro. En contraposición a estos valores ha surgido el egoísmo, la lucha por el poder, la violencia, el racismo que conviven con la libertad, la igualdad, la justicia, el respeto, la tolerancia, el pluralismo y la participación. ¿Cómo conjugarlos?

2. ¿Cómo enseñar en valores? Es la pregunta que de manera permanente se hace el docente presionado con la parafernalia legal y los discursos de políticos o ministros pasajeros. Se cree que con una directiva el docente debería hacer “malabares” para que los valores se inyecten en las personalidades de niños y jóvenes en edad escolar, y que “produzcan” ciudadanos democráticos, responsables, respetuosos de las personas, de las instituciones. Los valores se fomentan, no se imponen. La Dra. Marta Arana en su artículo “La educación en valores: una propuesta pedagógica para la formación profesional”, apunta al respecto:

“El fenómeno de cómo desarrollar y formar valores es un proceso de enculturación (Aguirre, 1995; 498), que dura toda la vida, en el que inciden los cambios sociales que se producen y que provocan transformaciones en las interrelaciones humanas, en las percepciones, y en las condiciones materiales y naturales de vida, es decir, en la calidad y sentido de la vida. Los valores son razones y afectos de la propia vida humana la que no se aísla de la relación de lo material y lo espiritual y, entre lo social y lo individual.”

No basta tener buenas proclamas y menos pontificar sobre valores si no se viven y menos se practican.

Para promover valores y vivenciarlos se requiere entenderlos en su dimensión vasta. No es una consigna que se cumpla por temor. Son principios que se asumen por convicción de vida, por vivenciarlos en el hogar, en el barrio, por compartirlos con los compañeros en el aula, en el club, en las instituciones sociales. Educar en valores es un proceso permanente, que garantiza la formación y el desarrollo de la personalidad y la construcción de un proyecto de vida.

¿De esto se habla cuando desde la educación se promueve la educación en valores? ¿Por qué se acepta de manera complaciente que la educación “premilitar” es la base de esta educación y se la reclama? Signo y señal que no se tiene un enfoque pedagógico para educar a los niños, niñas y jóvenes en valores. La educación debe preparar al individuo para el logro en cada momento de la autorrealización, entendida ésta como: “la orientación de la personalidad que se dirige al desarrollo de las potencialidades, a la realización de valores e intereses fundamentales del individuo en la actividad social” (D’Angelo 1996:4)

Falta mucho en nuestra propuesta educativa para que los valores que claman se cultiven en nuestras instituciones educativas, se manifiesten en comportamientos del desempeño cívico. Se requiere desarrollar procesos de aprendizaje, de estudio e investigación, para poder impregnar la práctica educativa en ello. Quienes demandan educación en valores desde el podio de ceremonias o desde las entrevistas, ignoran que es un tema y proceso que abarca toda la vida. No son sólo los principios de nuestra cultura occidental los que deberían primar sino analizar cómo tratarlos y trabajarlos en una realidad intercultural como la nuestra. Es un trabajo por hacer y sería un aporte innovador en esta era de la generación de los millenials. ¿Comprenderán ellos de qué valores se les habla? Al respecto les recomiendo la lectura de Millennials: hábitos, valores y motivaciones de la nueva generación. (Se puede encontrar aquí). La clave en la que se forma a los niños y jóvenes hoy debería revisarse desde la educación, desde la política educativa, para no dar vergüenza en las intervenciones congresales en el Parlamento cuando con voz engolada se recomienda “educación en valores” ¿Para quién? ¿Para qué?

3. Mientras tanto. No debería perderse de vista desde la educación lo esencial: los valores no se enseñan de la misma forma que los conocimientos y el desarrollo de las competencias. La institución educativa no es la única que forma y desarrolla valores. Los valores requieren de una cultura y la voluntad de querer cambiar. Pero no impuesta sino fruto del trabajo de investigación y estudio de parte de los docentes sobre los estudiantes: sus características, sus intereses, sus motivaciones, sus conocimientos previos y los adquiridos, sus actitudes, el análisis del entorno. Todo ello y más con el aporte de la psicología, la pedagogía, la antropología, la sociología, permitirá diseñar mejor las acciones educativas y les asignará contenido a los esfuerzos a desarrollar para ser un ciudadano democrático, equitativo, solidario, que vive en un país diverso e intercultural.

Finalmente, como dice Arana “…sólo se puede educar en valores a través de conocimientos, habilidades de valoración-reflexión y la actividad práctica.” No hagamos de la educación en valores una torre de marfil que afecta toda la vida y que será el cimiento para el mejor comportamiento de los educandos. Quienes así la consideran, simplemente rinden culto al autoritarismo, a la dependencia, al oscurantismo y coactan la libertad de quienes tienen el derecho de pensar y actuar de manera alternativa. Que no se haga de la educación y valores la torre de marfil que justifica comportamientos y niega la memoria de hechos vividos y que dejaron enseñanzas en la formación de generaciones.

Cierro con este hermoso verso de Rubén Darío en Cantos de Vida y Esperanza: “La torre de marfil tentó mi anhelo / quise encerrarme dentro de mí mismo / y tuve hambre de espacio y sed de cielo / desde las sombras de mi propio abismo.” Profético y sentencioso, para hoy y el futuro.