El docente como profesional

Por: Luis Miguel Saravia C.

1. ¿Qué significa ser profesional? Existen varias acepciones que se “acomodan” de acuerdo al sentido que se le quiere dar a esta palabra. Hay quienes definen como profesional a la persona que vive de un trabajo dentro de un sector o actividad; este concepto se refiere más a un trabajador que a lo que en esencia es un profesional. La diferencia se da en la forma de desempeño. Un profesional desarrolla un trabajo que se nutre por sus conocimientos, experiencias, competencias y habilidades. La suma de todo ello hace que una persona sea cualificada para el desempeño de una profesión específica. Así muchos pueden desarrollar una actividad, una tarea, pero pocos pueden ser profesionales. Varias características hacen que la profesionalidad diferencie una profesión de otra.

2. Construyendo la profesión docente. Todo el siglo XX fuimos tributarios de una “construcción” de la profesión docente por el dominio del pensamiento científico moderno y su forma técnica de concebir y manipular el conocimiento. Se valora en exceso las teorías y principios a aplicarse y poco se abordan problemas concretos y únicos que se viven en la práctica. Cuando se hace no tienen una respuesta adecuada, o  se soluciona aplicando una receta. Así fueron formadas generaciones de docentes en distintas instituciones superiores y facultades de educación. La raíz de esta formación induce a una forma positivista de comprender el conocimiento y el desempeño del profesional docente. Lo “reduce” a un simple intérprete de directivas, se apoya en manuales de instrucción, en enciclopedias, que separan lo teórico de lo práctico, obviando cualquier aporte creativo de parte del docente y menos su contribución al saber pedagógico.

Foto: Andina

Por esta razón, en la formación profesional actual, las teorías son tomadas como instrumentos que “auxilian” al profesor para que interprete las realidades diferentes en el proceso enseñanza-aprendizaje. No se permite, ni se enseña a trabajar con las teorías articuladas con situaciones prácticas que se encuentren asociadas a diversos contextos educacionales. ¿Por qué no se desarrolla la forma exacta cómo se debe actuar? Este modelo de formación no es el adecuado para los retos de hoy. Reducir todo a lo instrumental y técnico no lleva ni a formar, ni a involucrar al docente en el proceso que debería desarrollar la educación. Por ello, aquí se acuñó la frase “que cualquiera puede ser profesor” como una salida “facilista” ante la carencia de docentes. No se piensa que es la persona que trabaja con el conocimiento, lo investiga, los difunde aplicado a la realidad.

Además, es el profesional que sabe dialogar con el saber y cultura de los alumnos, en la perspectiva de superar la concepción del saber escolar, elemental, básico, y hacerlo aparecer como saber erudito. También es el saber y el conocimiento de otros. No el propio, el adquirido, el cultivado, desarrollado en la perspectiva de aportar al saber pedagógico. ¿Cuesta mucho replantear teorías y mejorarlas, afinar tendencias metodológicas, didácticas, en función de una realidad diversa, intercultural como la nuestra? ¿Y la construcción del saber pedagógico cuándo se incrementa desde una perspectiva intercultural? Existe toda una investigación psicológica, sociológica y neurocientífica que se aprende pero no se asume en la política educativa, que permita actualizar las constataciones que el docente va descubriendo en la práctica. Encinas, Portugal Catacora, Peñaloza, Barrantes y otros aportaron lo suyo e introdujeron nuevos aires pedagógicos en la educación peruana ¿y la nueva generación de docentes qué viene aportando de su propia cantera, de su propia experiencia y estudios? ¿Qué síntesis puede mostrar del trabajo interdisciplinario que se realiza? ¿Qué alcances se puede mostrar como política educativa intercultural en desarrollo y en resultados?

La formación profesional del docente hoy debería cambiar y ser más exigente. Romper con el mito de  que “cualquiera es profesor”. Para ser profesor se requiere características fundamentales, básicas, de humanidades, de ciencias, de arte y otros, adecuados a las necesidades educacionales de los niños y generaciones de hoy. La formación docente debería tener como eje, la praxis reflexiva que aporta a la construcción del conocimiento a partir del análisis crítico (teórico) de las prácticas y la resignificación de teorías. En este sentido la formación del docente debería identificar y desarrollar la práctica formativa, que concibe al docente como profesional crítico reflexivo, que problematiza su práctica. En este ejercicio se aprende a tomar decisiones, cada vez más adecuadas, oportunas, coherentes con la naturaleza de la situación y un conjunto de valores democráticos como tolerancia y solidaridad. Esto serviría para tomar decisiones de manera progresiva, consistente y clara. Este conocimiento es llamado el conocimiento práctico-profesional, lo dice  Sa-Chávez partiendo del análisis reflexivo de la propia praxis en un contexto de grupo y un clima de colaboración.  (Sa-Chávez, 2002, A construção do conhecimento pela análise reflexiva da práxis. Portugal: Fundação Calouste Gulbenkian/Fundação para a Ciência e Tecnologia).

Foto: Andina

En la actualidad y dentro de la concepción histórico-crítica de la educación, quienes tienen la responsabilidad de formar a los nuevos educadores buscan romper con el paradigma tradicional de la formación docente, diseñando y creando alternativas de aprendizaje y aportando a la construcción de una nueva profesionalidad que supere la cultura de aislamiento y pensar individualizado. ¿Así será la propuesta que se está construyendo para el docente que nuestro país requiere en estos tiempos? ¿No será otra “lección aprendida” de otra experiencia, que no rinde frutos a pesar de la inversión? De tanto estandarizar políticas y flexibilizar medidas en la formación docente, el producto -el docente formado- no llega a satisfacer lo que la educación del país demanda. Por ello estamos en permanente revisión y rediseño de programas de formación, sin tener claros los fundamentos, los objetivos, a partir del país que somos y de la ciudadanía democrática que se requiere y la institucionalidad que la promueva. Pero deberíamos tener cuidado en tener como paradigma lo que otros logran sin revisar qué los ha llevado a ello. José Luis Coronado (Licenciado en Filosofía y CEO en INED21) advierte «El síndrome Pisa amenaza con devorar todo el debate educativo, de ahí la necesidad de una crítica interna y externa de su presupuesto evaluativo central: este paradigma del aprendizaje por competencias que no se sostiene. Va a ser una larga lucha -nuestra época global ha asumido este paradigma-, pero ha llegado la hora de comenzar. O formamos personas y ciudadanos que, por supuesto, deben integrarse críticamente en esta sociedad del conocimiento (ese doble ámbito interrelacionado: privado y público), o seguimos este paradigma competencial donde lo único que importa es reproducir una nueva generación de profesionales y consumidores, previamente adaptados al mercado practitocrático. Creo que ya ha empezado hace tiempo el enfrentamiento de dos discursos: una visión integradora y compleja de la educación, frente a una visión competencial y reduccionista de la educación».

3. ¿Qué hacer? Nuevamente la carencia de estudios e investigaciones educativas sobre formación docente para un país diverso e intercultural como el nuestro se hace evidente. No se enseña a ser profesional docente, se enseña a ser un “dictador” de clases en una disciplina específica. El profesional de la educación a futuro se podría construir a partir de la significación social de la profesión, mediante la revisión constante de significados sociales, la reafirmación de prácticas culturales, el contraste entre teorías y prácticas, el análisis de las prácticas a la luz de las teorías existentes y la construcción de nuevas teorías, su contribución y aporte al saber pedagógico.

Asimismo se podría ir construyendo por el significado que cada profesor le confiere a la actividad docente (como actor y autor) en su vida cotidiana, de acuerdo a sus valores, a su manera de situarse en el mundo, su país, su historia de vida, sus representaciones, saberes, angustias y anhelos, su cultura, el sentido que tiene cada uno de “ser profesor” y además de su articulación a una red de relaciones con otros docentes, con otras escuelas.

Es importante y necesario que las revisiones/ajustes que se realizan al modelo de la formación de la profesión docente se desarrollen, además, eventos que promuevan en los futuros docentes la construcción de una conciencia más crítica y politizada de la profesión que los estimule involucrarse en la lucha por el reconocimiento social de su profesión, poniendo especial énfasis en la realización de un trabajo docente social y políticamente comprometido. Ya Sacristán decía al respecto que compete a los formadores de docentes aportar a la construcción de la profesionalidad, como la afirmación de lo que es específico en la acción docente, es decir «el conjunto de comportamientos, conocimientos, destrezas, actitudes y valores que constituyen la especificidad de ser profesor» (SACRISTÁN. Consciência e ação sobre a prática como libertação profissional dos professores. En A. Nóvoa (comp.). Prof). Libâneo (2002, p. 74; traducción nuestra) completa esta idea y resalta que «[…] el abordaje socio-histórico de la actividad, con la contribución de los recientes estudios sobre teorías de la acción y de la cultura, permite juntar esos componentes de la práctica del profesor en un todo armónico». Ella hace posible comprender la formación profesional de los docentes a partir del trabajo real, de las practicas que ocurren en el contexto del trabajo y no a partir del trabajo prescrito, tal como aparece en la visión de la racionalidad técnica y en la concepción del sentido común que se tiene acerca de la formación todavía vigente en las escuelas y en las instituciones formadoras de docentes. Es necesario estimular la participación de los futuros docentes en su profesión y “deconstruir” la separación entre educación infantil, enseñanza primaria desde las disciplinas del currículo, como principio fundamental de formación profesional de estos docentes.( Libaneo 2002. Reflexividade e formação de professores: outra oscilação do pensamento pedagógico brasileiro? En S. G. Pimenta y E. Ghedin (comps.). Professor reflexivo no Brasil – gênese e crítica de uno conceito. Segunda edición. São Paulo: Cortez.)

Nuestro sistema educativo requiere formar docentes especializados para actuar en un país diverso, intercultural, además, preparados para trabajar en dos niveles de enseñanza. El docente es más que un técnico. Existe un fuerte movimiento de transformación de quienes forman docentes, que se refieren a la superación del modelo de formación técnica. Hoy se requiere además formar un profesional ético, que ponga el énfasis de su quehacer docente en la formación de la persona teniendo en cuenta el contexto y la historia de vida de los alumnos. También se requiere un profesional político que promueva cambios en concepciones y comportamientos sustantivos, de fondo, en los aspirantes a docentes. Por ello es urgente e importante que se formen los futuros docentes a partir de la praxis reflexiva, que implica la construcción de conocimiento, partiendo de un análisis crítico de las prácticas y la llamada resignificación de las teorías. Así se rompería con la práctica tradicional -de la racionalidad técnica-  de la profesión docente, creando alternativas de aprendizaje y promoviendo la construcción de la nueva profesionalidad docente, que erradique la cultura del aislamiento y el pensar individualmente, que tanto daño le hace a la profesión docente, pues le quita el lugar social que antes tenía. Esta tarea no debería reducirse a un simple cambio de modalidad y un sintonizar con la tecnología, sino a todo un trabajo de “reingeniería” filosófica y pedagógica adaptada a tiempos urgentes que vivimos. Todo lo contrario. No renunciar a lo fundamental que es enriquecer el saber y el conocimiento pedagógico. Esto permitirá redefinir el perfil del docente del siglo XXI y para un país diverso, con instituciones democráticas incipientes y que demandan la vigencia de una nueva ciudadanía con derechos y deberes centrados en la persona, la comunidad y la transformación de la sociedad. La educación es el motor del desarrollo y sus impulsores deben ser auténticos profesionales de la educación. ¿Será posible?