El LUM, la memoria y la educación

Por Luis Miguel Saravia

1. Sería bueno. Llevamos días que de una u otra manera se habla del LUM. El general Donayre ha querido llamar la atención, aprovechándose de ser un militar retirado y de la inmunidad que le confiere el hecho de ser congresista. Montar una pantomima bajo ese falso tinglado dice mucho del personaje, que suma a ello la denuncia y la difamación. Lamentable que en pleno siglo XXI existan profesionales con pensamiento negacionista y oscurantista. Lo utilizan para amedrentar a ciudadanos y anatematizar reflexiones y reconstrucción de hechos que han surgido en democracia.

Sería bueno recordar que la memoria y la historia no se contraponen. Se complementan, a pesar de tener diferentes significados. La memoria se refiere a cómo recordamos el pasado y de qué manera. La historia registra hechos significativos que ocurrieron. La selección no será neutral y la búsqueda será siempre incompleta.

La memoria social, que es la que recoge el LUM, comparte una historia común, de una población concreta y es clave para valorar y recuperar la identidad individual y colectiva de los pueblos que viven y sufrieron en una época determinada. El LUM no es fruto de una decisión autocrática. Su historia nos refleja desde los inicios cómo fue construyendo el diseño donde confluyeron todas las sangres. Quien quiera saber su historia la puede consultar aquí.  Encontrará información sobre el proceso, como un mentís a los que ahora lo satanizan. ¿Con qué derecho?

 

2. La memoria educa. Cuando se debatía la construcción del lugar de la memoria, hubo mucho debate. Quienes estaban a favor, y quiénes no. Todos apuntaban a precisar el rol de la memoria reduciéndolo al recuerdo y a un lugar de homenaje. Esa disyuntiva fue superada y se ha seguido enriqueciendo con el aporte de historiadores, científicos sociales y profesionales de otras disciplinas. Poco se habló de educar desde la memoria. Muchos desconocen que en el proceso enseñanza aprendizaje, el docente recurre a la memoria para explicar procesos, sistemas, matemáticas, lengua, literatura, ciencias. En el caso que tratamos, la recuperación de la memoria histórica se convierte en un imperativo en el proceso de reconstrucción de una sociedad dañada por conflictos y que quiere insertarse en un estado de democracia justa, equitativa, como el resto de peruanos. Quienes recurren presurosos a poner anatemas y a adjetivar a quienes han contribuido y contribuyen a poner las bases de una pacificación en nuestro país diverso, intercultural, no comprenden desde sus balcones y miradores de poder y de su saber torcido, que la historia educa, la historia recuerda, la historia enseña. ¿Por qué obviarla?

Enfrentarse a la propia realidad del país fragmentado, inequitativo, dividido, azuzado por quienes siguen utilizando influencias y poder para negar lo innegable, es difícil para la mayoría de ciudadanos y la sociedad. La situación de lo ocurrido no debe evadirse. Tarde o temprano se deberá enfrentar. Nada se obtiene con la evasión pues perdurará el miedo y perdurará las prácticas de negación. El poder se impondrá a la razón. Es necesario, para echar a andar la reconciliación, tomar conciencia del dolor negado o de la vergüenza de lo realizado por decisión de quienes en su momento ejercieron el poder sobre personas e instituciones.

La memoria educa en la recuperación del pasado en el proceso educativo. También orienta el interés por el aprendizaje. Establece una relación entre ambas. Los resultados que se obtengan no son producto de una enseñanza dirigida, pues el aprendizaje no puede tener lugar en este caso a través de contenidos o informaciones preestablecidas. Este aprendizaje demanda “desaprender” los ritos en los cuales se ha acostumbrado a adiestrar a las personas para diseñar y crear un contexto que permita el diálogo epistemológico entre sujetos.

La memoria educa cultivando la empatía, que surge poniéndose en lugar de la otra persona. Utilizando y desarrollando procesos de poner en escena hechos, sucesos acaecidos para que los educandos reconozcan su capacidad creativa, aprendan a valorarla y permitan el diálogo en aquellos espacios donde la palabra estaba ausente, sin imágenes, sin símbolos. La sociedad peruana en general, podríamos decir está sometida a lo que Paulo Freire llama una “cultura del silencio”, donde los llamados “ignorantes” son seres humanos cultos a los cuales se les ha negado diversos derechos, entre ellos, el de la libre expresión y por ello viven sometidos por quienes tienen el poder político, económico, militar. El darle la palabra al sometido es una forma cómo la memoria educa. En la escuela por ello se recomienda crear espacios de interacción corporal en los talleres y que en la planificación deje tiempo para la reflexión, la consulta bibliográfica, de lo observado y lo vivido. Sin duda desde la planificación de esta actividad se debería desarrollar una estrategia con objetivos claros como el acercarse al contexto problemático, conflictivo y sus secuelas sociales.

En esta puesta en escena de sucesos cotidianos, de recuerdos debería buscarse la confrontación con el miedo, salir del esquema víctima-victimario y procurar transformar el “yo” en “tú” y descubrir el “inter” en la relación, el sentirse entre iguales. En este sentido se debería generar experiencias vivenciales partiendo de procesos pedagógicos.

La riqueza que tiene la memoria en la educación de las generaciones en la formación de una sociedad más equitativa, solidaria, democrática, es invalorable. Sólo los que no tienen como base una formación humanista, ni conocen la realidad del contexto donde vive la población, pueden negar el derecho que todos tienen: el debate de ideas, el disfrute de proyectos personales y comunitarios, el compartir experiencias y valorar el legado patrimonial.

3. Construyendo. La fase democrática que vive el país, debería cultivarse la construcción de espacios de reconocimiento, valoración, como ciudadanos de un país diverso e intercultural. Negar ello es responder, abonar a una ideología discriminatoria, hegemónica, que engendra la ideología de la resistencia, que lleva a formas de comportamiento unas veces pacífico, otras rebeldes, o permanentemente crítico. Debemos reconocer que frente a esto hemos avanzado poco en educación, pues ella no se ve ni desarrolla en sentido holístico sino se sigue con compartimentos estanco y existe resistencia para trabajar la transversalidad de los contenidos y de los enfoques (por ejemplo el negacionismo y el caso del enfoque de género es lo más evidente). Se educa para la competencia, para la meritocracia, para el desarrollo personal, y se obvia tratar lo que la memoria nos recuerda de manera permanente. De otro lado en los procesos que se emprenden se obvia el conocimiento de que somos un país diverso y multicultural.

Queda mucho por construir y reconstruir a nivel humano y ciudadano en el país. La memoria y la historia son la fuente y el abrevadero permanente de recuerdo, enseñanza e inspiración para nutrir de contenido aquello que está diseñado en el PEN y que hoy día es obviado, a pesar de estar respaldado por el Acuerdo Nacional. ¿Por qué permitimos que avance el autoritarismo y oscurantismo en una sociedad democrática? ¿Las instituciones tutelares no tienen la fortaleza necesaria para poder esclarecer a la nación sobre los peligros que se ciernen por quienes teniendo el poder mienten impunemente?

Paulo Freire nos recuerda “la multiculturalidad como fenómeno que implica convivencia de diferentes culturas en un mismo espacio…Es una creación histórica que implica decisión, voluntad política, movilización, organización de cada grupo cultural con miras a fines comunes. Que exige una ética fundada en el respeto a las diferencias.” (Pedagogía de la esperanza, 1993. Editorial Siglo XXI. Segunda edición. México).

Esto nos lleva a señalar que sólo construyendo una pedagogía de la memoria podremos enriquecer nuestra historia y considerarnos también protagonistas y constructores del futuro del país. Quedan pendientes preguntas que debemos hacernos de manera permanente para seguir construyendo la historia a la que tenemos derecho de conocer y aportar: ¿Qué relato recuperar? ¿Cómo tratarlo? ¿Debemos tener relatos diferentes según las localidades, las regiones? ¿Qué aprendizajes debemos recuperar y sustentar? ¿Cómo tratar a los protagonistas? ¿Cómo generar procesos de apropiación? ¿Qué tramas existen en la complejidad de nuestro pasado reciente desde la memoria y que quiere ser negado? ¿Por qué? ¿Cómo construir instrumentos de análisis que permitan vincular acontecimientos relacionados con los hechos políticos como la represión, la persecución, las desapariciones, con nuestra identidad actual heredera de una tensión permanente? ¿Cómo darle vida y vigencia al Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social en el ejercicio de derechos propios de una democracia sin tutelaje? La respuesta a estas interrogantes permitiría que se construya un espacio donde se pueda convivir con la memoria y la historia de una época violenta en nuestro país. Esta pedagogía está aún por ser diseñada para poder superar situaciones fundamentales en la vida de los seres humanos, como se ha hecho en otros países del mundo que pasaron situaciones parecidas.

El LUM es un espacio formativo, educativo, no un lugar de denuncias y sin espacios para revanchas. No cortemos el cogollo de la planta de la esperanza y la reconciliación, con actitudes y prácticas negacionistas y oscurantistas. No lo merecemos como país. No olvidemos esta frase de Paulo Freire en Pedagogía del Oprimido (Cap. I. siglo XXI. Buenos Aires, 2008) “Nadie educa a nadie —nadie se educa a sí mismo—, los hombres se educan entre sí con la mediación del mundo” (03.06.18)

Lecturas:
César Azabache. Abogado. “No, general Donayre”. 
Rocío Silva Santisteban. ¿Debo escupir sobre la tumba de mi madre?
Salomón Lerner Febres. La casa rosada.