La formación integral de los docentes

Por: Manuel Valdivia Rodríguez

Hay ocasiones en que un cierto ‘post’ que se comparte en Facebook tiene la fortuna de provocar muchos comentarios que enriquecen el contenido del mensaje inicial. El texto que publiqué sobre el empleo del término ‘capacitar’ ha tenido esa suerte. Debo agradecer a los amigos que lo comentaron y he tomado nota de lo que dijeron. Pero hay un comentario que ha sido un disparador de mi reflexión al respecto. Es el de un querido amigo, Agustín Farje Núñez, profesor egresado como yo de la Escuela Normal Superior de La Cantuta, nuestra inolvidable ENS. Agustín difiere en cierto modo de mi posición diciendo “Quienes estudiamos en la ENS teníamos la convicción de haber egresado de nuestra Alma Mater bien ‘capacitados’ para desempeñar la carrera docente…”. Y tiene razón en parte: salimos suficientemente capacitados para ejercer la docencia, pero la escuela hizo más por nosotros, mucho más: de ella salimos formados como maestros.

Foto:: Minedu

La formación profesional de los profesores constituye una esfera mayor que la capacitación (capacitación que, no cabe duda, es parte de la formación). Es un proceso formal, sistemático, escolarizado y con una duración relativamente extensa, que culmina con la titulación del egresado, quien queda facultado para ejercer la profesión docente. Considerando la calidad que deben ostentar sus egresados, la formación se desenvuelve en varias direcciones convergentes. En principio, se puede pensar en las siguientes:

(i) Como parte notable de la formación, en el transcurso de la misma el futuro profesional va haciéndose de una filosofía que se constituirá en el norte de su quehacer y trazará la deontología de su carrera. Eso no sucede sobre todo cuando se la ha vivido en una institución formadora cuyo accionar es prueba visible del espíritu que la anima. Eso lo sabemos los egresados de la ENS, que tuvimos en la insignia institucional un lema que nos ha marcado a fuego: “Hominem uti hominem educare oportet”, que, dicho en nuestra lengua, es “Educar al hombre en todo cuanto tiene de hombre”. De allí nace nuestra convicción por la educación integral de la persona, no porque hubiéramos visto ese lema como el resplandor que convirtió a Pablo de Tarso, sino porque su contenido era parte de la atmósfera que nos envolvía. El currículo con el que fuimos formados, las charlas de Walter Peñaloza –nuestro director- lo que decían nuestros profesores, la organización misma de la institución, todo repetía que debíamos ser formados integralmente y que así también debía ser la educación que deberíamos impartir.

(ii) Componente importante de la formación para la docencia es la adquisición de un saber teórico capaz de cimentar la pedagogía que aplicarán en las aulas. El acercamiento a la psicología, la sociología, la antropología, la historia de la educación, la teoría del lenguaje, etc. constituye parte ineludible en la formación, no solo porque así entenderá el docente el porqué de su accionar educativo, sino también porque así conocerá y comprenderá mejor a sus alumnos y la realidad donde crecen.

(iii) No puede faltar en la formación la estrecha familiaridad con los principios de la pedagogía, así como la diversidad de técnicas y procedimientos didácticos que harán eficaz la presencia docente en el aula. El abanico de posibilidades de acción tiene que ser conocido y manejado a fondo por los profesores en formación, pues su labor no puede (no debe) depender de “tips” o de inspiraciones repentinas sino de un formidable dominio de recursos procedimentales a los que podrá recurrir con solvencia cuando la necesidad del trabajo lo exija. La posesión de estos recursos dependerá de una efectiva capacitación

(iv) Sin embargo, no bastará con la información pedagógica proveniente de libros, conferencias, talleres o videos: Se precisa de la práctica docente. Observar el accionar de profesores experimentados, visitar escuelas ejemplares, probar las alas todavía con plumón en sesiones aisladas de práctica y echarse a volar después durante una práctica continua durante varias semanas, todo eso es fragua donde se forjan los docentes a punto de recibir su título. Aunque mucho dependerá de la guía experta de los orientadores de la práctica, que por su parte deben ser docentes excelentes.

(v) Lo dicho es bastante y ni aun así está completo, pues durante la formación profesional se va modelando la personalidad y el carácter, se va educando el lenguaje, se van adquiriendo comportamientos y actitudes del más alto valor para que alguien pueda hacerse cargo de parte de la vida de niños y adolescentes. Eso justifica la tutoría y el acompañamiento que se recibe durante la formación.

(vi) Y si todavía se tuviera que mencionar otro campo, habría que decir que durante a formación profesional se va ampliando el horizonte cultural de los futuros profesores con oportunidades para ponerse en contacto con expresiones más altas de la cultura nacional y universal, pues todo maestro debe ser una persona culta en el sentido de tener un vivo interés por las creaciones del intelecto humano.

Sobre la base de una formación integral, vendrá después el enriquecimiento que cada uno vaya logrando al examinar, ya en el trabajo, sus experiencias en las aulas y al participar de las ocasiones de actualización y capacitación específica a las que acudirá con la piel toda poros pero también con un profundo espíritu crítico.
Como toda formación profesional, esta no es obra mecánica de fautores externos, sino que exige el compromiso, el esfuerzo, la participación de quienes se forman para la docencia. Es imperativo que se comprenda que los maestros siempre se mantienen en formación permanente, lo que equivale a decir que deben ir ampliándola por su propia cuenta en las diversas direcciones que la conforman.