Las pruebas orales como espacios privilegiados para la práctica de la evaluación formativa

Por Iván Montes Iturrizaga

En el marco de las formas tradicionales de evaluar, muy probablemente, las pruebas orales constituyen una de las más usadas desde la historia de la humanidad; pues esta forma dialógica de explorar la comprensión antecedió a la aparición de la escritura misma. Es más, civilizaciones como la Inca, apeló a esta forma de aproximación para la gesta de discípulos o aprendices.

De esta manera, las pruebas orales anteceden a las más modernas concepciones evaluativas y a los propios sistemas educativos tal y como ahora los conocemos. Son en esencia pruebas que reflejan en gran medida, y con gran realismo, lo que los aprendices conocen acerca de algo o aquellos pensamientos que son capaces de recrear a propósito de un determinado contenido.

Sin embargo, este tipo de pruebas quedaron en el olvido posiblemente con el auge de los exámenes escritos para completar o marcar, la expansión de la oferta educativa sin la dotación suficiente de maestros o el facilismo con el fin de entregar una calificación con prontitud. Esta constante se aprecia también en la educación superior en su conjunto donde cada día es más escaso encontrar a catedráticos interesados en estas pruebas. Paradójicamente, y a pesar de sus múltiples beneficios, habría cometido una gran injusticia pedagógica – por decirlo de algún modo- por relegar estas pruebas (orales) a un segundo o tercer plano.

Tal es así, que en algunos textos de evaluación, se critica a las pruebas orales bajo el pretexto de que son subjetivas al momento de determinar una calificación o establecer un juicio de valor. Aquí cabe aclarar que las pruebas orales muy bien conducidas y de la mano de rúbricas (así sean estas generales o esquemáticas) nos ofrecen una mirada muy “objetiva” de lo que los estudiantes son capaces de hacer. Se hace uso del vocablo “objetivo” en el sentido de que las pruebas orales son capaces de relacionar con elevada validez ecológica (que corresponde a un despliegue real) y realismo las lo que se espera de un saber contextualizado. Por tanto, y bien es probable que dos examinados ubicados en el mismo nivel de dominio obtengan diferentes calificaciones (pero mínimas) en este tipo de pruebas esto no significa que deban ser consideradas como “subjetivas”.

Caso contrario si acontece con las pruebas de selección de respuesta (las mal llamadas pruebas “objetivas”) donde siempre que se use la plantilla de calificación se llegará en el 100 % de las veces al mismo resultado; pero esto no necesariamente debería asociarse a un atributo “objetivo” desde un punto de vista pedagógico. Por este motivo, deberíamos de ubicar lo objetivo – subjetivo en una racionalidad pedagógica y no meramente técnica. Pues si nos detenemos en estas pruebas de selección (y de respuesta corta) con mucha facilidad nos podríamos percatar que son elevadamente subjetivas e ineficaces en entornos de enseñanza pues no se relacionarían a ninguna competencia, dominio o capacidad existente en la vida. Estas pruebas de selección podrían servir para otros fines como la selección de personas o para evaluar externamente los aprendizajes; más no parecerían tener mayor relevancia para la enseñanza al interior de las aulas.

También, se tendría que agregar a la defensa de las pruebas orales que estas plantean desafíos cognitivos (demandas) del más elevado nivel a los estudiantes. Y por esta misma razón condiciona un estudio en casa mucho más significativo: pues una cosa es marcar una respuesta y otra muy diferente tener que argumentar, debatir y aplicar los conocimientos (transferencia) a situaciones que se suelen plantear en estas condiciones de examinación. Estas pruebas son tan valiosas e imprescindibles como las de respuesta extendida o desarrollo.

Otra ventaja de las pruebas orales es que permite una retroalimentación (feedback) oportuno y en donde los enseñantes tienen la oportunidad de indicar con claridad qué aspectos deben de ser revisados o qué proceso no se suscitó a propósito de un determinado material de lectura. Asimismo, los maestros pueden tomar decisiones de mejoramiento luego de evaluar a sus estudiantes; y pasar a explicar en una próxima sesión aquello que no se cristalizó en las respuestas. Vemos así que la posibilidad de influir en la enseñanza misma (retroalimentación) pone a este tipo de pruebas como protagonista para generar las condiciones para la práctica de la evaluación formativa.

Pero el hacer que estas pruebas posean una gran pertinencia en la vida de los estudiantes exige que ellos conozcan con antelación que serán evaluados de esta manera. También, siempre es aconsejable que se entreguen las rúbricas a fin de que en la preparación misma se puedan modelar las respuestas deseadas. Por último, es bueno considerar – salvo que sea un sondeo – que los estudiantes deban de enfrentar unas 3 ó 4 interrogantes como mínimo. Adicionalmente, la el maestro deberá de determinar con prudencia si las pruebas deberían de transcurrir de manera individual o con todos los estudiantes en la sala de clases. Aquí, y si bien no hay recetas rígidas, se podría recomendar que para las pruebas más de carácter sumativo los estudiantes vayan pasando de uno en uno a la situación de examinación; en este caso se tendría que contar con auxilio de un colega.

Pero este tipo de pruebas exige también una aproximación humana por parte del docente quien es el llamado a generar siempre un clima de confianza, respeto y soporte emocional. Es así que una bienvenida cordial al estudiante que ingresa a la sala para enfrentar este tipo de preguntas y el ofrecer algunas indicaciones previas ayudan siempre para estar en mejor disposición. Esta actitud favorable pasa necesariamente por mostrar emociones saludables, escucha atenta y el alejarse de cualquier pose sarcástica ante las respuestas poco pertinentes. El docente debe saber que el tensionar colisionaría con su rol profesional; y constituiría al mismo tiempo una abierta interferencia en la ejecución de las demás preguntas. Consideremos además, y si el tiempo – formato lo permite, el ofrecer un pequeño feedback respetuoso. ¡Recordemos que es una prueba oral y no un espacio para reprimir a los estudiantes!

Pero no olvidemos que las preguntas son vertebrales para que estas pruebas sean extremadamente relevantes (significativas). Las interrogantes deben de ser capaces de gatillar respuestas extendidas (que acarreen algo de complejidad) y en clara oposición a las “si” o “no”. De esto se desprende que no sirven estas pruebas para solicitar definiciones, contenidos o conceptos de memoria; salvo que optemos por pedir que expliquen con sus propias palabras lo aprendido. De todos modos, se tendría que apuntar siempre a que las preguntas se eleven a los niveles más altos del dominio cognoscitivo (¡siempre útil y vigente la taxonomía de Bloom!). Por ejemplo, podemos explorar la transferencia o aplicación del saber si le proponemos al estudiante pequeños casos o situaciones hipotéticas.

Reflexión final

Es posible que el retomar las pruebas orales en el sistema educativo nos permita rescatar una serie de disposiciones formativas de la educación tradicional que jamás debieron de olvidarse. Asimismo, es preciso mencionar, que las pruebas orales tendrían un impacto favorable en instaurar metas más elevadas en los estudiantes y sus familias. Amén de sus bondades para reforzar habilidades en el espectro de lo interpersonal y lo intrapersonal a todo nivel. Todo esto, y atendiendo a lo propuesto en este sencillo escrito, colocaría a las pruebas orales como una de las más completas, pertinentes y potentes para impactar memorablemente en la vida de los estudiantes.