Maestro: profesional o técnico

Por: Luis Miguel Saravia

1. Herencia. Hasta la primera mitad del siglo XX el docente era considerado en nuestros pueblos y regiones como parte de las autoridades por su calidad de “pensante” e “ilustrado” en materias educativas y culturales. No eran sabios ni científicos. Eran reconocidos por su saber, por su autoridad en temas relacionados con la educación, el desarrollo físico, psicológico de los niños y jóvenes. Tenían un “ascendiente social”, como se decía antes.

Hoy la situación ha cambiado. Existe una crisis de identidad en el rol social de los docentes. Si bien los maestros tienen una competencia social oficialmente establecida y reconocida, se ven sobrepasados por los nuevos retos de la llamada sociedad de la información, el relativismo y la diversidad cultural, las nuevas demandas socio-económicas, los temas relacionados a la familia y las competencias de otras instituciones formativas y socializadoras. Todo ello ha llevado a darle a la escuela y a docentes funciones amplias y variadas, que los apartan de los ejes centrales de su función. Los docentes hoy son transmisores, formadores de la infancia, formadores de la personalidad de los educandos, sumándole a ellos el rol de investigadores ((Stenhouse, La Investigación como base de la enseñanza Ediciones MORATA S.L. 1987), o intelectuales, que deberían preocuparse en desarrollar “un pensamiento crítico” aplicado a las decisiones profesionales a adoptar en el día a día (Giroux,, Los profesores como intelectuales. Hacia u1w pedagogía crítica del aprendizaje, Paidós/MEC, Madrid, 1990. 1990)

“El docente era considerado en nuestros pueblos y regiones como parte de las autoridades por su calidad de “pensante” e “ilustrado” en materias educativas y culturales.”

En este repertorio de exigencias los docentes no han alcanzado a responder de manera eficiente y solvente. Por ello han ido reduciendo al oficio de enseñar, perfeccionando técnicas y han ido, sin percibir, reduciendo sus calificaciones profesionales y funciones sociales, que les permitieron consolidar un liderazgo en la comunidad. Por el contrario hoy han caído en la ambivalencia en el desempeño de su trabajo y en lo que se ha llamado una incertidumbre valorativa debido a que tienen que desempeñar diversos roles. Esto conlleva un desgaste profesional que se manifiesta como el conocido “malestar docente”, que no les permite seguir manteniendo una figura sino por el contrario tener un modesto y frágil estatus. Con todo ello el rol del docente va llegando a su fin tradicional. Esto significa que las nuevas generaciones deberían ser formadas para el desempeño en otro contexto de la realidad, de la sociedad, de la familia, de instituciones. ¿Cómo caracterizar el nuevo docente como profesión y oficio? Difícil intríngulis a resolver.

2. Realidad y retos. Sin duda el prototipo descrito no va más. Es necesario recordar que se ha agotado el discurso tradicional sobre los docentes y que hoy su formación y su desempeño exigen más de la formación de un investigador unida al de un experto versado en técnicas para el buen leer y escribir. Nuevos retos como los que plantea la psicología del niño y del adolescente; la sociología de la educación, la pedagogía y las tendencias educativas fruto de la demanda de una sociedad en permanente cambio, el desarrollo de las neurociencias, los requerimientos de la cuarta revolución industrial, el cultivo de habilidades blandas, el fomento del pensamiento crítico, la creatividad, el liderazgo y la habilidad para conducir equipos en entornos colaborativos y heterogéneos, serán capacidades fundamentales a cultivar. ¿Se viene formando docentes en esta perspectiva? ¿Cómo está su malla curricular?

Juan Carlos Tedesco señala que existen tres discursos tradicionales sobre los docentes que “han agotado sus posibilidades de explicar los problemas y de inspirar líneas de acción”. Estos discursos subyacen en las instituciones de formación docente y no permiten formar al educador que el país requiere a tono con el desarrollo material y académico que se viene produciendo.

Brevemente recordemos: “…se ha agotado definitivamente el discurso basado en el reconocimiento meramente retórico de la importancia del trabajo de los educadores”. (importancia de reconocimiento de docentes y ausencia de medidas concretas financieras, de participación en gestión y mejoramiento de procesos de formación docente; también el ajuste del presupuesto educativo relativo al salario docente y su reducción que ocasiona desmoralización, abandono de la profesión, ausentismo, búsqueda de otros empleos)”.

También el discurso de una política educativa de remuneración docente, oscilante entre reconocimiento retórico y deterioro real, según la coyuntura económica. Señala Tedesco (ïbidem) que el segundo discurso tradicional sobre docentes considera al maestro/a como “víctima” del sistema o responsable de sus malos resultados. Esta “victimización” pone el eje en las condiciones de trabajo y las carencias materiales. Deja de lado la discusión sobre su desempeño. En los últimos quinquenios se tuvo un discurso alternativo que culpaba al docente de la pobreza de los resultados en el aprendizaje. Esto se difundió en dos versiones de raíz ideológica. Una neoliberal que culpaba a los docentes por los aprendizajes mediocres de los alumnos, obtenidos en pruebas de rendimiento escolar. Otra desde las teorías críticas de la educación donde el docente es el actor a través del que se reproducen las relaciones sociales de dominación. Reducir la discusión al dilema “víctima-culpable” no esclarece el problema, sino impide una discusión abierta, que rompa el círculo vicioso de acusaciones mutuas. Un tercer enfoque que parte de algunos resultados de investigaciones sobre factores que explican el rendimiento escolar, por el cual se subestima la tarea del docente. Aquí se fue acuñando el concepto de que el docente es poco importante. Puede ser reemplazado.

La transformación educativa se dará por otros factores distintos: libros de texto, equipamiento adecuado de las instituciones educativas, revisión del tiempo dedicado al aprendizaje. Como expresa Tedesco citando a Villegas-Reimers and F. Reimers refiriéndose al Banco Mundial dice que es sorprendente que de las seis líneas de cambio educativo, ninguna de ellas se refiere a los maestros, a su selección, formación, supervisión o participación en las reformas (¿Dónde están los 60 millones de docentes?” La voz perdida en las reformas educativas del mundo. Perspectivas vol. XXVI, n° 3, setiembre 1996). Lo negativo es que el informe dedica -a decir de Tedesco-, tres párrafos a la formación y selección de maestros como factores de mejoramiento de la calidad, pero no le otorga un papel central entre las líneas de reformas postuladas. Esto hoy no puede ser sostenido si miramos al futuro. ¿Acaso no se contradice con lo que Delors plantea como uno de los objetivos centrales para la educación del futuro, cuando en “aprender a aprender” se propone un cambio importante en las metodologías de enseñanza y en el rol del docente?

/ Foto: FONDEP

El docente hoy va adquiriendo significado e importancia según los contextos sociales, culturales, económicos. En este reconocimiento se mantienen tensiones entre la responsabilidad que tiene en la formación integral del alumno, contra la idea de ser solo responsable del desarrollo cognitivo; trasmisor de información contra el docente experto en la construcción de conocimientos de los alumnos; el docente como profesional autónomo creativo, responsable de resultados de su trabajo versus el ejecutor de actividades diseñadas por otros expertos; docente como actor éticamente comprometido en difundir determinados valores contra aquel funcionario burocrático que cumple reglas formales establecidas. A pesar de que estas tensiones se dan, existe un reconocimiento de la necesidad de fortalecer su autonomía profesional y la capacidad para promover en los alumnos el desarrollo de sus capacidades de aprender a lo largo de toda la vida. Sin duda este debate que va construyendo y aportando a la profesión docente va llegando a todas las regiones y se empieza a discernir entre lo que es un docente profesional y lo que es un mero técnico de lecto-escritura. Decir que el docente es un técnico de la educación es recortar la misión de quienes optaron por esta profesión. Encasillarlos en el marco de intelectual de la educación, es recortarle lo esencial y vital del desempeño de la profesión que es el ser profesional en permanente aprendizaje a partir de la práctica y su recreación en función del desarrollo del aprendizaje de sus alumnos. Sin duda este campo debería profundizarse en torno a los nuevos retos que plantea la nueva revolución industrial, -la cuarta-, que demanda además del trabajo y despliegue acumulado por Faure, Delors y Bokova, una revolución educativa alrededor de las nuevas exigencias y demandas de la sociedad, del conocimiento con el auxilio y desarrollo de la nueva tecnología.

3. Seguir construyendo. Lo expuesto nos plantea una reflexión seria sobre lo que ocurre en nuestra formación docente que está inerte sin una reacción a las tensiones antiguas y las demandas que plantean nuevos retos. De otro lado, no es posible que aún existan demandas sin solucionar por el Estado, que genera tensión en el desempeño docente y no permite que fluya lo que debe ser el desarrollo de la profesión docente y su fortalecimiento. En el recorrido histórico reseñado, ¿es posible que tengamos aún tensiones sin enfrentarlas? ¿No se ha podido diseñar una estrategia para “sanear” las demandas postergadas? ¿Qué ha faltado? ¿Voluntad política? ¿El ser consecuente con un discurso nacional genuino y no monitoreado por exigencias externas? ¿Es posible que hoy exista una tensión entre docentes que pugnan ingresar al magisterio por una ley ad hoc generada por una Comisión de Educación del Congreso, y no de acuerdo a los requerimientos planteados por el Ministerio de Educación, en concordancia con la política educativa del Estado? Por notas periodísticas y declaraciones del ministro la comunidad se ha enterado del problema y sus orígenes.

Sin duda el tema es complejo. Pero consideramos que debe convocarse a instituciones que trabajan hace tiempo en el campo educativo y que sus aportes no son tomados en cuenta. ¿Por qué? ¿Por el enfoque? ¿Por la estrategia a desarrollar? ¿Por las prioridades que atender? Al docente debe tratársele como profesional y no como un técnico que tiene una sola función. El docente requiere estar actualizado de manera permanente, El docente es un intelectual, profesional, que además de la técnica y enfoque pedagógico realiza trabajos de investigación y sigue postgrado. Esa es la meta que debe alcanzarse. No dejarse “apantallar” por experiencias de Finlandia, Singapur y antes por los “tigres asiáticos”, sino por cómo hacer más propositivo e innovador nuestro sistema educativo nacional. Existen muchas postergaciones y demandas educativas que no sólo tienen que ver con el docente, sino con todo el sistema. El ejemplo del desarrollo educativo de Moquegua sin duda es poco conocido. ¿Por qué no aplicarlo en otras regiones? ¿Cuándo se trabajará en una auténtica descentralización educativa y empezará a regir la autonomía de que tanto se habla? En el sector educación hay mucho por hacer y trabajar. Debería empezarse por escuchar a las regiones y construir un verdadero sistema educativo descentralizado, diverso e intercultural. ¿Este no podría ser una manera de aportar al bicentenario de nuestra independencia? No olvidar “Mucha gente pequeña en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas pueden cambiar el mundo” (Eduardo Galeano)