Date:April 16, 2018

Producto rancio en envase moderno

Por Manuel Valdivia Rodríguez

Comparto con ustedes algunas reflexiones publicadas en mi cuenta de Facebook en los últimos días.

09/04/18

En el diario La República (26/03/18), apareció una nota con título llamativo: “Quechuahablantes con canas que no dejan de aprender”. Y, debajo del título, un resumen: “A 60 ancianos de El Agustino se les enseña a leer y escribir en español a través de la tecnología”. Aunque aquello de que personas “quechuahablantes” aprendan a leer en castellano es evidentemente una contra-dicción que podría dar mucho que hablar, ahora quiero referirme a otro aspecto de la noticia.

El periódico informa que se trata de un programa de alfabetización que se desarrolla empleando tabletas electrónicas (“tablets”) en las que se ha instalado un “software” que facilita el aprendizaje de la lectura. La propuesta es atractiva, no cabe duda. Trabajar con personas mayores de sectores sociales pobres; darles acceso a maquinitas electrónicas con las que pueden interactuar; conseguir que lean “las letras y palabras básicas del español (sic)” y hasta “titulares de periódicos”, y concederles ocasión para reunirse los domingos para aprender algo ansiado son atributos que hacen simpático este programa. Esos atributos han conseguido que sea aplicado en otros lugares de Lima y fuera de la capital y, como van las cosas, no sería raro que pronto sea impulsado para su desarrollo con niños escolares.

Foto referencial / Andina

Mi preocupación proviene de lo siguiente: empleando “tablets”, que son un producto de la modernísima tecnología electrónica, se recurre en este caso a un método vetusto para la enseñanza de la lectoescritura, que nunca tuvo un sustento teórico pero que ha tenido una rara supervivencia. Es el que conocemos como método alfabético, que parte de enseñar de memoria el abecedario para pasar después a la “lectura” de sílabas y palabras (Algo así como el “eme a ma, eme a ma, mama). En una época ya lejana -aquella en que se decía que la letra entraba con sangre- los ni-ños comenzaban por aprender el abecedario con una modesta cartilla de cartón en cuyo anverso se presentaba las letras minúsculas y en el reverso las mayúsculas. Hoy, este método renace gracias a la pantalla de las “tablets”.

Es motivo de alarma la facilidad con que se acepta el uso de innovaciones tecnológicas para la educación de niños, jóvenes y aun adultos sin tomar en cuenta la calidad pedagógica de lo que se expone mediante ellas. En este caso son la “tablets”, pero sucede también con las “laptops”, las pizarras electrónicas, los teléfonos celulares, los proyectores de videos. Nadie puede dudar de las posibilidades educativas que ofrece este instrumental tecnológico, que ha llegado a niveles sorprendentes de interacción. Pero sí se puede poner en tela de juicio la forma en que es em-pleado. La pedagogía no ha avanzado tanto como para aprovechar en beneficio del aprendizaje estas máquinas seductoras, y mientras tanto hay quienes se valen de su atractivo para venderlas sin importar mucho la calidad didáctica de lo que se envasa en ellas.

A fin de cuentas, la comercialización de aparatos electrónicos para uso educativo forma parte de la mecánica comercial moderna, y no es allí donde hay que buscar buenas decisiones pedagógicas. Quienes deben saber tomarlas son los profesores, directores de instituciones educativas, especialistas y autoridades del sector, que deben tener capacidad para evaluar la calidad de los contenidos y exigirla de parte de los productores. Sólo así podrá ser bienvenida en la escuela la poderosa tecnología electrónica actual.

¿Las tareas escolares son un peso para los estudiantes? / Foto referencial

13/04/18

Un chico de secundaria tiene como tarea escribir los sinónimos de veinte palabras de una lista (triste, pesado, pobre, luminoso…). El muchacho, despierto como es, escribe la lista con ayuda de un diccionario y me llama por teléfono para que le diga si está bien. Y sí; lo que ha hecho está bien. Pero me pregunto: ¿qué ha ganado al hacer esa tarea? ¿Ha mejorado su empleo del léxico? ¿Ha enriquecido su vocabulario? ¿Ha comprobado para qué sirven los sinónimos?

De inmediato se me ocurre un ejercicio de búsqueda y empleo de sinónimos que a la vez ejercite la reflexión y ayude a mejorar la comprensión de los textos. Puede ser el siguiente: Indicar a los alumnos que copien el párrafo que sigue remplazando las palabras o frases encerradas entre paréntesis con palabras o frases sinónimas. Ellos deben asegurarse que el párrafo conserve su sentido.

“En la ciudad el (tránsito) es muy (complicado). (A toda hora), las calles y avenidas están (repletas) de vehículos y de transeúntes. (Pese a) que hay (reglas) con las que se busca ordenar el tránsito, este es (caótico) porque la gente sencillamente las (incumple)”.

Parte del trabajo docente es conseguir que los estudiantes tengan una mayor consciencia de la lengua que hablan y para ello, más que teoría, se requiere de prácticas inteligentes. Puede que sea más laborioso diseñarlas, pero es lo más conveniente.

14/04/18

No diré ni el lugar ni el nombre de la profesora porque podría perjudicarla. Pero esto ha sucedido en una escuela pública de nuestra sierra. Es una escuela que se halla en una pequeña ciudad andina a la que asisten alumnos provenientes del medio rural, la mayoría de los cuales habla quechua como lengua materna y manejan con mucha dificultad el castellano.

La profesora de que hablo descubrió que en la escuela había una remesa de libros en quechua remitidos por el MINEDU. Al verlos, la profesora sugirió al director que se podía emplear esos libros en las sesiones de clase. Como se ve, la suya fue una sugerencia atinada, pero no convenció al director. Este se negó a entregar los libros diciendo que pueden servir para que los niños “recorten figuritas”. A pesar de que la UGEL ha dispuesto que la escuela sea EIB, él se opone rotundamente simplemente porque no está de acuerdo.

Los libros en quechua seguirán en los estantes hasta que terminen siendo fuente de figuritas que los niños pegarán en sus cuadernos en castellano. Y da rabia pensar que ese no es un caso aislado en nuestra patria.