Ser maestro, en el pensamiento de Simón Rodríguez

1.Breve sobre Simón Rodríguez. Se le conoce desde siempre como el maestro de Simón Bolívar. Fue algo más. Simón Rodríguez es (Caracas, Venezuela, 28 de octubre de 1769–Amotape, Paita, Perú, 28 de febrero de 1854) un educador, escritor, ensayista y filósofo venezolano. Nos lo enseñaron siempre como atrapado en el sobrenombre de El Maestro del Libertador y no como la persona que fue. Poco se conoce el proyecto que diseñó basado en la colonización del continente por sus propios habitantes. Planteaba la formación de ciudadanos por medio del saber. Fue un incansable luchador en favor de la educación popular. Sus planteamientos fueron muy originales, al punto que la trascendencia renovadora de sus ideas pedagógicas, refleja a un hombre con sentido propio, diferente al contexto de su época. Viajero  incansable, al que poco le interesaba el arraigo en cualquier lugar, sea cultural, territorial o familiar. El objetivo de su vida fue educar en el lugar donde estuviere, donde pudiera hacer algo y poner en práctica sus ideas. Sus inicios se dieron cuando el Cabildo de Caracas en 1791 le otorga el permiso para que pueda ejercer como maestro de escuela de primeras letras en la única escuela pública que existía. Fue autodidacta, descubriendo que para ser maestro debería centrarse en la reflexión, el pensamiento y el saber.

Por razón de sus ideas fue deportado a Jamaica, luego pasó a Baltimore en Estados Unidos, y finalmente a Bayona en Francia. Allí bebió de los nuevos conocimientos; y diseñaba y ensayaba nuevos métodos de enseñanza. En 1823 retornó a América Latina. Sus ideas en torno a la educación y la política maduraron y se nutrieron del pensamiento de Montesquieu. Fruto de ello diseñó un proyecto original basado en que las leyes debían ser adecuadas al pueblo, a las características físicas del país, a la Constitución, a la religión de sus habitantes, sus inclinaciones, su economía y costumbres. Tenía la obsesión -hasta que murió-  de promover la “conquista de América por medio de las ideas”. Expresaba que era preciso formar ciudadanos allí donde no los había, y sólo así se lograría fundar verdaderas repúblicas que no fuesen una mera imitación de las europeas. A mediados de abril de 1825 inició, junto con Bolívar, un recorrido por Perú y Bolivia. En Arequipa organizó una casa de estudios; después subió al Cuzco, donde fundó un colegio para varones, otro para niñas, un hospicio y una casa de refugio para los desvalidos. En el departamento de Puno hizo otro tanto. En Arequipa montó una fábrica de velas, de la cual esperaba obtener fondos para su manutención; las velas representaban también una muestra sarcástica de aquello que en su opinión había significado el “siglo de las luces” para América. El éxito de su negocio, sin embargo, estuvo en su retorno a las actividades de maestro: los padres acudían masivamente a la tienda para pedirle que se encargara de la educación de sus hijos; y fue así como Simón Rodríguez pidió nuevamente licencia para ser maestro. Finalmente, en 1853, a pesar de haber manifestado su intención de volver a Europa con la ilusión de que allí todavía se podía “hacer algo”, se trasladó a Amotape, Piura, donde falleció el 28 de febrero de 1854, a los 83 años de edad. El día 16 de febrero de 1954, sus restos fueron trasladados al Panteón Nacional de Caracas. El maestro y filósofo venezolano, Simón Rodríguez es el prototipo de maestro cuyo perfil debería rescatarse y modernizarse para seguir sembrando educación para los pueblos de nuestros países diversos e interculturales.

2.Su pensamiento pedagógico. Simón Rodríguez intentaba romper con las rígidas costumbres educativas de la colonia. Tenía la idea que sólo a través de la educación del pueblo se garantizaría la verdadera fortaleza y prosperidad de las nuevas repúblicas. En Simón Rodríguez se fundían de manera extraordinaria el educador, el hombre de ideas y el escritor. Las páginas de sus obras son fascinantes, no sólo por la consistencia de sus ideas y la pasión que les imprime, sino también por su originalidad y novedad de su escritura.

Bárbara Yadira García Sánchez,  (Doctora en Ciencias de la Educación. Profesora del Doctorado Interinstitucional en Educación de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas) en su artículo Pensamiento de Simón Rodríguez: La educación como proyecto de inclusión social, expresa que “… la coherencia interna de sus planteamientos como maestro  colonial y como maestro republicano lo ubica  dentro de los grandes pedagogos del siglo XIX.  Consideró la educación social como el mecanismo a través del cual las Repúblicas podrían  llegar a consolidarse y a la sociabilidad como el fin social de la escuela, en la medida en que el primer deber de un republicano era saber sus obligaciones sociales. Planteó la primera escuela como el fundamento del saber y el medio a través del cual los pueblos lograrían la civilización. Propuso la inclusión social a través de la ‘escuela para todos’, la formación para el trabajo y la adquisición de nuevos hábitos que posibilitaran las relaciones sociales propias de un sistema republicano” (www.researchgate.net/publication/277241606_Pensamiento_de_Simon_Rodriguez_La_educacion_como_proyecto_de_inclusion_social)

Rodríguez fue un pedagogo influido por Jean-Jacques Rousseau y Henri de Saint-Simón. Fue un reformador intuitivo que quiso aplicar en Sudamérica los audaces métodos educativos que empezaban a utilizarse a comienzos del siglo XIX en Europa, y por todos los medios trató de imponer en las atrasadas provincias de Bolivia y Colombia las novedosas y revolucionarias teorías sobre la educación de la infancia. Rodríguez vivió, por entonces, el tránsito histórico de transformación de los gobiernos monárquicos a republicanos. Se construyeron y renovaron los conceptos de autoridad, razón, saber, autonomía, mayoría de edad y ciudadanía. Todo ello apoyado sobre el dispositivo moderno a través del cual lograrían los gobiernos civilizar a sus ciudadanos: la educación. En esta transición cobra vigencia su pensamiento pedagógico para Latinoamérica. Lasheras (1994) lo resume así: “…su preocupación se centra en la ‘fundación’ de repúblicas -que están establecidas pero no fundadas- usando como instrumento la escuela, con objetivos muy precisos, sin desconocer los aspectos técnicos de organización y aprendizaje” (Lasheras, J (1994). Simón Rodríguez: Maestro  y  político  ilustrado.  Caracas: Universidad Experimental Simón Rodríguez).

Escribió que la escuela se posicionó en la República como el espacio de saber que permitiría a los ciudadanos alcanzar su mayoría de edad (Ley 15 del 6 de agosto de 1821 (1924) Sobre el establecimiento de escuelas de primeras letras para los niños de ambos sexos). Este proceso cultural desencadenó un movimiento en torno a lo educativo, replanteándose el problema de la escuela como una posibilidad de una educación para todos.

Su intención no era “llenar el país de artesanos rivales o miserables, sino instruir y acostumbrar al trabajo  para hacer hombres útiles, asignarles tierra y auxiliarlos en su establecimiento”. En otras palabras se trataba de colonizar al país con sus propios habitantes. (Rumazo González, 1975, El pensamiento educativo de Simón Rodríguez. En Simón Rodríguez. Obras Completas  Vol. I Caracas. Editorial Arte). Pensaba Rodríguez que de esa manera se permitía hacer visible a la población excluida de las políticas públicas de los gobernantes. Valoró así a los llamados “oficios bajos” -¿podrían ser los informales de hoy?- y los invitaba a aprender bien su trabajo, su oficio. Este pensamiento por el que luchó y fue incomprendido, ha sido la semilla de lo que hoy conocemos como inclusión social y generó el derecho de educación para todos. Otro de sus “aportes semilla” fue sostener que la misma importancia y valor debería tener la educación intelectual y la educación técnica. La nueva sociedad, luego de la independencia, requería de ciudadanos instruidos en los oficios y artes. Generó así el embrión de lo que posteriormente se llamaría educación para el trabajo.

Luchaba por una política de inclusión social donde la escuela sea para todos; que se forme a los educandos para el trabajo, dándole un sentido de utilidad, la adquisición de nuevos hábitos y nuevas relaciones sociales que demandaba la República (Rumazo González, Op. Cit.). En el plano de concepción pedagógica concebía Rodríguez a la educación como conciencia y a la instrucción como conocimiento. Por ello la educación era un deber y derecho y responsabilidad de política pública y la instrucción un medio para alcanzar su generalización. Por ello afirmaba “lo que no es público no es social” (Rodríguez, Op.Cit.).

Además decía que instruir no es educar. Que es un deber de los gobiernos ilustrados generalizar la instrucción como un mecanismo para luchar contra la familia y la iglesia que querían seguir con relaciones y procedimientos del orden conservador de viejas tradiciones. Planteaba que en el nuevo orden social, el sujeto del entendimiento y las virtudes sociales era el hombre en sociedad, por ello el objeto y fin de la instrucción era la sociabilidad.

Sería bueno de tarde en tarde que en los centros de formación docente se establezcan seminarios sobre el pensamiento de Simón Rodríguez para beber de sus escritos y hacer crecer con nuevos bríos los embriones educativos que fue legando en Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile. En síntesis su pensamiento pedagógico tuvo como “idea cardinal… el desarrollo de una Educación Popular  que además de una cultura básica proporcionara a los grandes grupos humanos la oportunidad de capacitarse para el trabajo productivo. Esperaba así contribuir  a superar los graves males de la ignorancia, lo mismo que a obviar las condiciones de inferioridad económica que impedían a la mayoría alcanzar la plena incorporación a la vida pública.” http://bibliotecayacucho.gob.ve/2795-2/)

3. Simón Rodríguez, maestro. Latinoamérica de ayer -conquista, colonia, independencia- hoy república, debería estudiar más las raíces del pensamiento de educadores como Simón Rodríguez. Tanto nosotros, en el Perú, como los países que recorrió nos encontramos enmarañados en costumbres sociales que manifiestan una ignorancia generalizada sobre lo que significa la educación hoy para nuestros países. Se subvalora la educación técnica a pesar de declararla de suma importancia, pero es una leve brisa en el querer hacer bien las cosas. Más peso tienen las exigencias de las relaciones sociales, económicas y políticas. Carecemos del contenido de lo que debe ser la educación ciudadana y una reflexión crítica, cultivada desde la educación inicial sobre los contenidos que deben desarrollarse en la educación de los futuros ciudadanos, hoy al inicio de la IV revolución industrial. Existen los lineamientos, pero la persistente intromisión de políticos y representantes de instituciones no educativas se tornan censores de los objetivos y fines de la educación peruana.

Simón Rodríguez, maestro, antes que maestro del Libertador, pensó en los pueblos que lo acogieron y en todos ellos planteó la inclusión social, la educación como un derecho para pertenecer a una sociedad donde la comunidad toda interviniese en la educación ciudadana. En esta semana de conmemoración del día del maestro recordemos que tuvimos a maestros peruanos notables, hoy un poco opacados por las nuevas tecnologías, pero que supieron sembrar en los andes y en el resto del país ideas educativas centradas en la persona y su realidad. Las enseñanzas de Encinas y José Portugal Catacora aún se sienten en sus escritos, pero no se desarrollan en toda su potencialidad. Si ahondamos en estos pensamientos y de otros maestros que reflexionan en el país sobre la educación, sin duda el Proyecto Educativo Nacional se enriquecerá y se proyectará. El docente en su afán de ser competitivo y alcanzar la meritocracia no debería perder de vista lo que Simón Rodríguez buscó con atrevimiento y mucha vocación magisterial: violentar las estructuras mentales para alcanzar lo que incitaba como proclama  “O inventamos o erramos” Las luchas de hoy no deben apagar la llama de pensar la educación cualitativa y políticamente. Reducirla a apariciones secuenciales de paros, marchas y huelgas, dice mucho y poco del docente peruano en el siglo XXI. No defraudar la herencia heredada, ni adecuarse a lo que el mercado demanda. Debe recuperarse la originalidad y beber de nuestra propia cultura y aprovechar otros aportes como hizo Rodríguez en su paso por Francia. Que el día del maestro no sea de una conmemoración nostálgica sino la renovación de una convicción de ser docentes que aportan a un enriquecimiento de la educación nacional desde lo académico y desde lo profesional que responda a nuestra diversidad e interculturalidad