Un docente para nuestros días

Por: Luis Miguel Saravia

UNESCO expresaba el año 2002 “Los maestros y profesores del siglo XXI habrán de estar capacitados para desarrollar en el alumno el espíritu público y comunitario, la empatía, la sabiduría, el institucionalismo y el pragmatismo, pero no sólo este último. (Véase: C. Braslavsky, Teacher education and the demands of curricular change. Nueva York, American Association of Colleges for Teacher Education, 2002) Deberán saber y ser capaces de enseñar que el futuro de cada individuo depende del futuro de todos, de identificarse con lo que sienten sus distintos alumnos, de ponerse en su lugar y de enseñarles a aprender, de acostumbrarlos a interrogarse y a buscar sus propias respuestas -en vez de repetir opiniones preconcebidas-, de favorecer la asociación de prácticas institucionales diferentes adaptadas a las nuevas tecnologías -pero oponiéndose al aislamiento egoísta que a veces conllevan-, y de adoptar criterios para seleccionar y proponer contenidos y métodos apropiados que favorezcan el aprendizaje. Es obvio que la evolución de los docentes, como individuos y como grupo profesional, está estrechamente vinculada a la infraestructura proporcionada por la sociedad y a las condiciones impuestas por ésta.” (Perspectivas Vol. XXXII, N°3, de septiembre de 2002)

1. De un tiempo a otro. El perfil del educador en el siglo XX se define con una visión humanística, socio-científica y tecnológica. Integra los alcances de los ejes transversales, las intenciones educativas globales de las áreas académicas y las capacidades cognitivas intelectuales, cognitivas-motrices y cognitivo-afectivas de los educandos. Se diluye lo esencial originario y se “arropa” el perfil del docente con conocimientos, saberes y tendencias a partir de experiencias metodológicas que estimulan la actividad de los educandos. Responde a los propósitos y objetivos de la educación con poca valoración y reconocimiento de la cultura e historia local. La formación del educador -con el avance del siglo XX- logra postular los llamados tipos de perfil. Se reconoce y determina que el educador es clave en el proceso educativo. A él le corresponde crear el ambiente social en el cual se produce y consolida el aprendizaje formal. Se fundamenta en los procesos de enseñanza y aprendizaje, en el conocimiento del patrimonio cultural y los recursos ambientales, en los valores universales socialmente aceptados por la humanidad, como parte importante del componente ético que fortalece el espíritu y desarrolla la conciencia.

Al terminar el siglo XX e inicios del XXI se consagra un nuevo “clasificador” del perfil para la profesión docente ¿quién lo elaboró? ¿qué criterios primaron? Nadie indagó pero, se aceptó y se utiliza en la formulación de la política de formación docente. Así se registra que se enriqueció el repertorio con las siguientes palabras: facilitador del aprendizaje, orientador, planificador y administrador, Investigador, evaluador, promotor social, integrador de conocimientos habilidades y destrezas. Todas ellas sumadas permiten un desempeño eficaz. Además, se le denomina promotor de su auto-desarrollo, con actitud abierta hacia el cambio, partícipe de actividades de actualización y perfeccionamiento. En suma, abierto a nuevas ideas. Asume retos para conocer caminos innovadores y experiencias. Por ello promueve la creatividad por sí mismo, crea un clima de confianza y de tranquilidad emocional propiciando nuevos hallazgos, valorando tanto el proceso de enseñanza-aprendizaje como sus resultados. Crea estrategias de desarrollo que conforman las características que fortalecen una personalidad y profesión destinada a fomentar el desarrollo y crecimiento de las potencialidades del alumno en el encuentro con el conocimiento, el desarrollo de su aprendizaje, y las distintas formas de la enseñanza. Un vasto de conocimientos y competencias conforman el perfil del docente. Pero ¿y su desarrollo ciudadano democrático? ¿Podemos confrontarlo con lo que hoy se diseña y desarrolla como el perfil deseable desde las exigencias de una sociedad individualista, competitiva, dirigida sólo al crecimiento material y la acumulación de riqueza? ¿Por qué no desarrollar, además, sus competencias ciudadanas, democráticas? ¿Dónde quedó la solidaridad? ¿Dónde la equidad? ¿El modelo de desarrollo económico lo ha sometido, hipotecado? ¿No será por eso que perdió su liderazgo en la comunidad? ¿Por qué perdió la empatía?

2. ¿Cuál sería el perfil “ideal” del docente? La respuesta es polémica. Habría que conjugar mucho de lo planteado para llegar a un perfil adecuado y no “copiado” de otras regiones, o países. El perfil de un docente para un país diverso, intercultural como el nuestro, debería tener como base y muy claros los fundamentos pedagógicos, metodológicos y axiológicos. No deberían ser “impostados” de “experiencias exitosas”, sino cultivados de acuerdo al acervo cultural nacional, a la historia, a los valores fundamentales de una sociedad democrática, respetuosa de los derechos de las personas y que aspira a un desarrollo sustentable en armonía con la naturaleza.

El sistema educativo nacional requiere formar educadores que entiendan la enseñanza como una actividad académica, práctica y ética, dirigida a la formación de ciudadanos responsables, constructores del futuro. La docencia es por esencia una profesión exigente, tanto por el acervo pedagógico que debería manejar, así como el metodológico y didáctico debería generar el ambiente para el aprendizaje, que promueva interacciones en la comunidad desde la institución educativa y permita a los educandos descubrir sus competencias, sus capacidades y la estrategia para desarrollarlas. Mostrar la pertinencia del uso de contenidos para trabajar y desarrollar en democracia, en el ejercicio de derechos ciudadanos, en la perspectiva de cambio, camino a una sociedad más justa y solidaria. Además saber valorar la diversidad y comprender las diferencias individuales (Freire, 1970), ser tolerantes, respetar las divergencias y las equivocaciones. Tener disponibilidad para el diálogo, la comunicación interactiva, la cooperación en el aula, en la escuela, la familia y la comunidad. El futuro docente debería estar abierto al cambio, ser flexible ante las incertidumbres. Comprometido con las mayorías empobrecidas y sin oportunidades para quienes la escuela es su mejor posibilidad de acceso al conocimiento. Este profesional debería reflexionar permanentemente sobre su práctica, mantener la vigilancia sobre sus acciones pedagógicas para mejorarlas; como dice Freire (1995, 112), “…la práctica de pensar teóricamente sobre la práctica para hacerlo mejor”. Es decir, compartir con padres e instituciones educativas las ideas, preocupaciones y soluciones a los problemas de la enseñanza, tener disponibilidad para recibir las críticas y colaboración, además de establecer una comunicación permanente con todos los integrantes de la comunidad escolar.

Paulo Freire refirió en Buenos Aires el año 1985 (Asamblea Mundial de Educación de Adultos), lo que llamó “las ocho virtudes que debería distinguir al educador comprometido con la transformación de la sociedad injusta, para crear una sociedad menos injusta”. ¿No podrían ser características del perfil del educador actual? No son cualidades abstractas sino que “se crean en nosotros”. Leyendo el texto nombrado, Freire añade y desarrolla dos virtudes más que es importante consignarlas. Son “como una forma de ser, de encarar, de comportarse, de comprender, todo lo cual se crea a través de la práctica, en búsqueda de la transformación de la sociedad”.

1) La coherencia, es decir la congruencia entre lo que se dice y lo que se hace. Es lo básico en un educador: correlación entre lo que expresa en el aula a los alumnos y la conducta personal. No ser coherente hace perder legitimidad a la palabra. 2) “Saber manejar la tensión entre la palabra y el silencio. Esa tensión permanente que se crea entre la palabra del educador y el silencio del educando, entre la palabra de los educandos y el silencio del educador, es necesario trabajarla, pues significa hablar “con” los educandos, para que también ellos hablen “con” uno. Los educandos deben asumirse como sujetos del discurso, y no como repetidores del discurso o de la palabra del profesor”. 3) “Trabajar críticamente la tensión entre la subjetividad y la objetividad. Es decir entre conciencia y mundo. Entre ser social y conciencia. 4) “Diferenciar entre el aquí y el ahora del educador y el aquí y ahora del educando”. En esa medida empiezo a descubrir que “mi aquí, es el allá de los educandos”. 5) Trabajar en forma crítica la tensión entre subjetividad y objetividad, entre conciencia y mundo, entre práctica y teoría, entre ser social y conciencia. La subjetividad cambia en el proceso de cambio de la objetividad. Yo me transformo al transformar. 6) No solo comprender sino vivir la tensión entre el aquí y el ahora del educador y el aquí y ahora del educando. 7) Evitar caer en prácticas espontaneistas sin caer en posturas manipuladoras. Lo contrario a estas dos posiciones “yo llamo una posición sustantivamente democrática, radicalmente democrática.” 8) Vivir intensamente la relación profunda entre la práctica y la teoría no como yuxtaposición, sino como una unidad contradictoria. La práctica no es una subteoría, sino que no puede prescindir de la teoría. Hay que pensar la práctica para, teóricamente poder mejorarla. Esto demanda seriedad, gran rigurosidad, estudio, creación de una seria disciplina. La teoría deja de tener repercusión si no hay una práctica que la motive. 9) Aprender a experimentar la relación tensa entre paciencia e impaciencia, de forma que jamás se rompa la relación entre las dos posturas. Si rompemos esta relación caemos en el activismo que olvida que la historia existe. En nombre de esta postura dialéctica se cae en el idealismo subjetivista. 10) La relación de la lectura del texto y la lectura del con-texto del texto, o del contexto del intelecto. Esto es uno de los valores que debemos vivir y testimoniar a los educandos cualquiera que sea el grado de instrucción, la experiencia indispensable de leer la realidad, sin leer las palabras. Toda lectura de texto, presupone una rigurosa lectura del contexto.

En suma, de acuerdo con Freire, el perfil del docente debería comprender las diferencias individuales, ser tolerantes, solidarios. Motivado de manera constante, por la actividad que se realiza, ser flexible e independiente de pensamiento, capaz de reflexión personal y con una posición activa y transformadora que detecte los problemas durante su actividad, así como su posible solución.

Un perfil del docente actual en el país, es diferente a aquel con el que fueron formados los docentes de hoy y tienen la responsabilidad de llevar adelante el cambio en la educación actual, con un sistema poco permeable a los cambios pedagógicos profundos en función del eje intercultural y para un país diverso. Deberían ser docentes con mucha vocación y desarrollo de cualidades centradas en el desarrollo de la persona y no según la demanda de modelo económico establecido, que le cambia el nombre y les incita a ser emprendedores, competitivos, cuando deben ser creativos y responder al desarrollo de sus cualidades y competencias. Estamos a tiempo. Hace falta ganas y una auténtica política educativa para nuestro país intercultural y diverso. Lo demás es adecuarse al sistema y no producir profundos cambios y menos ciudadanos democráticos y solidarios.