Date:June 20, 2017

¿Y la educación?

1. El escenario. Paralizados y desconcertados. Vivimos en una democracia débil, indiferente, tolerante, sin sentido. Hace poco se cumplió un año de los resultados electorales. Desde entonces contamos con un nuevo gobierno democrático, pero ¿qué democracia? Quienes nos representan no saben fortalecerla, por el contrario pareciera que la utilizan para beneficio personal y no como un espacio para ejercer nuestros derechos y contribuir a la construcción de un país más equitativo, preocupado por la solución de sus problemas reales.
Si bien “cada día tiene su afán”, vivimos con sobresaltos en el cumplimiento de una agenda y estrategia política que augura no muy buenos resultados. Existe desde el Ejecutivo un estar demasiado parsimonioso para hacer política. Para no errar, no pone énfasis ni se las juega por lo esencial y crucial de su agenda política. El Legislativo, en lugar de diseñar y dar leyes, está pendiente de los pasos del Ejecutivo para hacer más lenta o dificultar su gestión. El caso más evidente se aprecia en las leyes elaboradas por el Ejecutivo en uso de las facultades otorgadas, al ser “revisadas” y “observadas” por el congreso. No se sabe a ciencia cierta de cuántas leyes se trata y cuántas son las aprobadas y cuántas las desaprobadas. Lo que se llama fiscalización no es sino una mera obstrucción en aras de intereses y no de la razón y sensatez, se basa en el autoritarismo que la da una mayoría.
Otros hechos como la emergencia por el Niño Costero han marcado el año y a esto se añade el caso de la construcción del aeropuerto Chinchero y el escándalo a raíz del deterioro de una institución básica para salvaguardar el patrimonio del Estado, como es la Contraloría, por el desempeño inadecuado del Contralor. La Contraloría requiere ser dirigida por un profesional competente y un dechado de ética.
En este contexto estamos y se desarrollan las actividades del Estado consumiendo la velocidad que todo régimen debe tener. Sin lugar a equivocarnos, no existe un nuevo impulso en el gobierno que haga abrigar los cambios profundos que el país requiere en los campos de la equidad, el desarrollo, la descentralización, la reconstrucción y las metas de cada uno de los sectores sociales.
2. La educación y la sociedad. En esa danza estamos los ciudadanos, como simples espectadores. Los medios, en lugar de formar opinión, azuzan las contradicciones, no con elementos de fondo, sino de “dimes y diretes”. Hacer política se ha convertido hoy en discursos sin sentido y profundidad de unos y de otros, tratando de salir adelante a contracorriente, dando “palos de ciego”. La política ha dejado de ser arte y el discurso ha dejado de ser el indicador de una ruta a seguir. Hoy la política es un estilete que se maneja para hacer daño al adversario, simplemente como una reacción infantil porque no se está de acuerdo con el contrincante ganador que debe gobernar. ¿Cuál es el aporte de quienes desde su parapeto de inmunidad elaboran una serie de consignas que no aportan a la formación de alternativas frente a los problemas? Quienes hacen de la oratoria un espectáculo para zaherir y mofarse del contrincante, se escudan luego con la simpleza “el parlamento es para parlar en esencia” y con eso tienen bandera blanca para cualquier improperio, mofa, diatriba que aborda la honra de las personas, pero con un “retiro” lo dicho, queda zanjado el agravio. ¿Qué lección dan a la ciudadanía estos señores que no merecen llamarse “padres de la patria”?
Desde la educación miramos perplejos que no existe una coherencia entre el discurso político y las autoridades que gobiernan. Lo que se planifica en educación mediante las unidades de aprendizaje se desvirtúa por la forma como actúan quienes gobiernan el país. ¿Se educa y forma para el consenso, para la cooperación, la solidaridad? Lo que ven los alumnos en la sociedad es que todo está polarizado. Los medios de comunicación convierten los rumores en sentencias que confunden. La finalidad es enredar, acusar al otro. Discursos y declaraciones llamando al diálogo, a la convergencia, pero sin la verdadera disposición para escuchar a los demás y sus propuestas. ¿Eso es formar opinión, esclarecer?
Se aprecia cierto escepticismo en la población que poco cree en los discursos reiterativos de uno y otro lado. ¿Eso es política? ¿Es educación? Desde ese estrado se reclama educación en valores frente a la inseguridad, se pide que los adolescentes vuelvan a tener servicio militar obligatorio, que se sancione drásticamente a los que delinquen, que se contemple bajar la edad para poder castigar con cárcel a quienes infringen la ley. Se pide sesgadamente volver a la ley del Talión. ¿Cómo se puede pedir a la escuela que eduque y forme teniendo como espejo una sociedad y sus actores principales que no ponen en práctica lo que proclaman para poder fortalecer la democracia y el ser ciudadanos responsables? ¿Qué se puede mostrar como ejemplo, si aquellos que deben darlo hacen todo lo contrario? Sin duda el problema es complejo y deben ser los educadores quienes respondan pedagógicamente a esta situación. Su propuesta debería ser aceptada y no analizada con percepciones que creen que la educación se reduce al ámbito familiar solamente y no al entorno.
3. Salidas pedagógicas. El reto hoy para los docentes, es formarse para responder ante situaciones que quienes deben asumir no lo hacen. Deben diseñar formas pedagógicas para abordar los temas y problemas de la sociedad y su efecto en la educación de niños y jóvenes. No pretenden ser recetas, ni modelos, sino sugerencias que podrían tenerse en cuenta para que la educación no sea una observadora de piedra. Sólo citaremos algunas maneras de trabajar para formar criterios y poner las bases de lo que podría ser el pensamiento crítico que debe cultivarse desde la escuela:
– Aprender a escuchar. Antes de diagnosticar, de opinar, de juzgar debemos enseñar a los alumnos a aprender a escuchar al otro, para comprender y así poder dialogar. El diálogo supone búsqueda, disposición de cambiar, entender y comprender; disposición para encontrar alternativas para todos.
– Aprender a ser capaces de vernos como conciudadanos y no como adversarios. Ser conciudadanos es ser compañeros, aliados para construir un horizonte común, a pesar de las diferencias.
– Formar personas autónomas y ciudadanos solidarios. Significa la defensa de la libertad personal, el desarrollo de la convivencia y de la comunidad. El educando es sujeto en la medida que asume el control de la propia vida y se va liberando de dependencias y ataduras físicas y mentales.
En suma, se debería trabajar las líneas que conlleven: aprender a comunicarse, a no agredirse -ni verbal. física ni psicológicamente-; a interactuar con los otros, a valorar y respetar las diferencias culturales, de raza y de género; a colaborar, a trabajar juntos por una causa superior; a decidir en grupo; a considerar los problemas como reto a asumir y no como excusa para culpar a otros. Aprender a desarrollar la autonomía personal, la confianza, el respeto, la responsabilidad y la corresponsabilidad, el compromiso personal y social, la cooperación y la solidaridad. La verdadera solidaridad comienza cuando el otro deja de ser extraño y entra a formar parte de nuestra propia vida, de nuestros sentimientos y afectos.
Educar en valores es atender a la persona en su integridad. Esto demanda a los docentes a estar en permanente formación y estudio. Aquí el sentido de la formación continua. ¿Por qué después de dos décadas del discurso de formación en valores, los resultados dejan mucho que desear? El paradigma educativo que elegimos fue la calidad, cuyo significado es bueno para un producto, para una empresa y no para formar personas. El sistema educativo actual sirve a una finalidad empresarial, pues concibe a la educación como servicio y no se centra en la persona y sus cualidades a desarrollar. Se ha abandonado la pedagogía para reemplazarla por la tecnología, sin plantear que ambas se complementan; se ha desplazado la solidaridad por la competitividad. ¿Podemos reclamar que debemos vivir en una mejor sociedad si no le damos a los educandos lo que ellos requieren en su educación y formación? Veleidades del siglo y arrebatos soberbios de quienes piensan que en la competencia está el logro y la formación ciudadana. No sigamos siendo ilusos. Las estadísticas nos dicen que venimos perdiendo el tiempo y debemos regresar a lo fundamental y clásico en educación.
Finalmente, con nuevas herramientas, nuevos medios y nuevos paradigmas de comunicación que valoran la celeridad o el impacto por sobre la evidencia periodística hecha información, como lo palpamos día a día en nuestro país, es urgente formar un receptor alerta, inconformista y crítico. Es una obligación. Es difícil ante tanto macartismo ignorante, pero es esencial en toda sociedad formal o informal. En el ámbito educativo urge formar ciudadanos esclarecidos, críticos, con valores democráticos y no indiferentes. Es necesario dejar de ser receptor pasivo, crédulo, domesticado y permeable, aprender a distinguir aquello que publica el diario, dice la radio o muestra la televisión, cuando sirve a determinados intereses, es un solo aspecto de la verdad, o es una verdad a medias, a la medida de quien tiene el poder. Ante todo ello es responsabilidad de la educación no permanecer indiferente. Por ello debe formar ciudadanos esclarecidos y no sumisos. Pero para ello no hay que temerle a la verdad y asumir una posición crítica frente a los intereses de los que están en el poder y no les interesa contribuir a fortalecer a un país en su democracia y en la formación ciudadana.(20.06.17)